En tiempos antiguos vivía en tierra de los tucanos un diablo muy perverso de nombre Yamacurú; su felicidad consistía en matar indios y por eso era odiado y buscado por doquier para darle muerte, pero él, que por ser diablo era muy astuto, poseía el don de hacerse invisible y así actuaba siempre que se veía en apuros, es decir cuando estaba a punto de verse capturado.

 

Sucedió que un día una viuda lloraba desconsolada la muerte de su esposo y él quiso aprovecharla: ni corto ni perezoso pasó por frente de ella, le guiñó un ojo, le sonrió pícaramente y en forma melosa le dijo: “deja ya de llorar que yo quiero vivir contigo; conmigo volverás a ser feliz” y a continuación desapareció.

 

La viuda caviló respecto a la escena vivida, vio llegar la noche y se acostó a dormir un poco pensativa; al otro día fue hasta la orilla del río con el ánimo de pescar; Yamacurú, que le seguía sus pasos, se colocó al frente y, sin dejarse ver, atraía peces en grandes cantidades, los cuales eran cogidos en forma fácil por la mujer.

 

-          ¿Quién envía tantos peces? – gritó – Quiero verte, quiero verte para que me enseñes cómo haces para pescar con tanta facilidad y en tan grande cantidad.

 

Y Yamacurú, que bien cerca estaba sin dejarse ver, le respondió:

 

-          Yo te enseñaré si me das entrada a tu casa.

 

Al instante la viuda le contestó:

 

-          Ven esta noche que yo te abriré la puerta cuando mis hijos duerman.

 

A eso de la media noche llegó el enamorado y fue recibido con muestras de agrado y complacencia; para afianzar sus relaciones, el invitado le trajo viandas en bastante cantidad y la viuda las recibió y guardó en forma cuidadosa; todos los días comía del traído y nada daba a los hijos; mientras tanto Yamacurú llegaba todas las noches, comía y bebía con su amante y disfrutaba buenos ratos de amor.

 

Así continuaron las relaciones hasta que los hijos descubrieron el mal manejo de su madre y optaron por huir de la casa; caminaron mucho, pasaron al otro lado de la montaña y por allá lejos hicieron una cueva para esconderse; la madre se dio cuenta de la fuga, pero eso no la inmutó.

 

Con el correr del tiempo tomó la costumbre de dejar caldo de yuca para que su amante tomara mientras ella regresaba de una roza de que estaba cultivando; de esto se dieron cuenta los hijos y vinieron y echaron fuerte veneno al líquido que había sido dejado para el entrometido y corrieron a esconderse y a esperar las consecuencias.

 

Yamacurú llegó, tomó asiento, se fumó un enorme tabaco, bebió el caldo de yuca que le había dejado y… murió; cuando la viuda regresó, encontró el cadáver y queriendo sepultarlo cerca, preparó la fosa, y cuando fue a alzar el cadáver, no pudo con él: el muerto no se dejó mover; pasados algunos minutos se vio que el difunto partía hacia el firmamento y se perdía en el vacío que hay entre las estrellas que están alrededor de la Cruz del Sur; allí permanece, porque éste es el lugar de su sepultura.

 

En cuanto a la viuda, con el tiempo dio a luz un hijo de Yamacurú, el que fue raptado por los otros hermanos medios cuando ya había crecido un poco; conducido a la montaña, lo ataron con bejucos cerca de un sembrado de batatas; al cabo de algunos meses fueron a observarlo y una vez estuvieron a su vista, el hijo del diablo dio un salto y huyó convertido en venado; por esta causa las indígenas, cuando están para dar a luz, no comen carne de este animal, porque temen que el niño se convierta en venado. 

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