“Túpac Yupanqui explorador”. Un reciente libro del historiador José Antonio del Busto da cuenta de una hipótesis que no tiene pruebas concluyentes, pero que resulta imposible rechazar: Túpac Yupanqui fue el descubridor de Oceanía.

Durante el siglo XV, fueron los navegantes portugueses los que más habían ensanchado el mundo que conocía Occidente. A lo largo de esa centuria, los predecesores, contemporáneos y quienes siguieron el afán explorador de Enrique el Navegante o Vasco da Gama, en suma, habían tocado las costas del Brasil, bordeado prácticamente todo el litoral africano, tocado parte de las orillas de India y hecho algún escarceo por las costas de Groenlandia y América del Norte, lo que no era poca cosa.

Pero desde puertos aún ignorados por las metrópolis europeas, otros viajeros, sin contar con galeotes o instrumentos de medición tan sofisticados, iban haciendo sus propios trazos, a punta de balsas y velas, en ese vasto fresco geográfico que es el mapamundi.

Y los antiguos peruanos no fueron precisamente ajenos al antiguo y venerable arte de hacerse a la mar. Túpac Yupanqui (1440-1485) -hijo de Pachacútec, décimo inca del Cusco y segundo emperador del Tahuantinsuyo- fue no solo el responsable de la más importante expansión territorial inca, sino además el líder de una expedición marina que marcaría un hito en la historia de la navegación, al haber arribado, por primera vez, a las islas de Mangareva y Pascua, convirtiéndose ni más ni menos que en el descubridor de Oceanía.

Pero no sería esta la primera de sus aventuras oceánicas. Cuando se hallaba en pleno proceso expansionista por la costa norte del Pacífico, entre los actuales territorios de Perú y Ecuador, Yupanqui tuvo ocasión de conocer de cerca la habilidad para la navegación que tenían los lugareños y, más aun, basado en sus relatos, dedujo la posibilidad de que existieran tierras desconocidas en el centro del océano. Y no se equivocó, pues aquello que excitaba la imaginación del inca eran las Islas del Poniente.

Rumbo a las Galápagos

A 965 kilómetros de las costas de Ecuador se encuentran las islas Galápagos, un archipiélago de trece islas que distan entre 85 y 100 kilómetros entre sí. Su aspecto es volcánico, su flora pobre; pero su fauna, en conjunto, debe haber sido lo más cercano al paraíso que conoció Charles Darwin, el gran naturalista del siglo XIX.

Pero algunos siglos antes, Túpac Yupanqui habría arribado a la Isabela, la isla mayor del conjunto, identificada en el imaginario mítico como Isla de Fuego o Ninachumbi, pero el inca no habría logrado dar con el oro ni las personas mencionadas por sus informantes, información que además corroboró el nigromante Antarqui, que acompañaba al inca en todos sus viajes. La Isabela, pues, estaba deshabitada.

Yupanqui, por otro lado, tenía otras motivaciones para emprender este viaje, más allá del simple afán de riqueza. Una de ellas, acaso la más poderosa, era que en el mar del Hurín Pacha (mundo de los nacidos) moraba Kon Ticsi Huiracocha, de modo que el viaje encerraba también un propósito místico-religioso, ya que pretendía un encuentro con el Hacedor del Universo.

Lo cierto, en todo caso, es que habría estado deambulando, maravillado, entre enormes tortugas, iguanas de más de un metro de longitud e imponentes lobos marinos, para no olvidar por lo menos veinte especies de aves, como cormoranes, rabihorcados, pájaros bobo o pinzones. Pero de oro nada y de Kon Ticsi menos.

Es obvio que volver al Cusco solo con el recuerdo de una fauna extraña no correspondía a su investidura. Por eso decide proseguir su viaje, sin saber que cruzaba la línea equinoccial, para dirigirse a Auachumbi, la Isla de Afuera, que en realidad debe haber sido Terarequí, la más grande de las Islas de las Perlas, en mar panameño.

Terarequí era llamada también Isla Rica, Isla del Rey e Isla de las Flores y en su "Décadas del Nuevo Mundo", el erudito italiano Pedro Mártir de Anglería aseguraba que allí podía uno pasársela opíparamente alimentado, debido a su abundancia de frutos, peces, ciervos, conejos y otros manjares en medio de su verdísima exhuberancia tropical.

Y de esa misma isla, o tal vez de la costa panameña, debieron provenir los trofeos que exhibió el inca al retornar a la ciudad imperial: hombres de piel oscura -melanodermos, que pudo recoger también en Oceanía o en la Isla de Pascua- y cueros y restos de animales desconocidos, que algunos cronistas de Indias confundieron con un caballo.

Un muro inca en pascua

Desde las costas de Manta, en Ecuador, Yupanqui, al mando de su "armadilla", habría de recorrer unas cuatro mil millas marinas antes de avistar las islas de Polinesia oriental y llegar luego al archipiélago de las Marquesas, hecho que ha quedado registrado en la tradición oral de la isla Mangareva, que alude a Tupa, un caudillo que tocó sus costas al mando de su flota. ¿Será este Tupa de los polinesios nuestro inca? No hay forma de probarlo, pero sugerirlo no es de ningún modo aventurado, como tampoco sería aventurado decir que Yupanqui, al poner pie en Polinesia, sería el descubridor de Oceanía.

De regreso al Tawantinsuyo, Yupanqui hace una parada en la Isla de Pascua, donde encontró, para su sorpresa, que crecían allí la totora y el camote, sin que hasta hoy no se haya explicado cómo llegaron o quién las llevó hasta allí.

Más curioso todavía es que al sur de dicha isla haya unas ruinas que, a pesar de ser consideradas parte del estrato arqueológico más antiguo del lugar, tienen un asombroso parecido con una construcción incaica -en especial con el estilo de Sacsahuamán y Ollantaytambo- y estas serían obra del mismo Yupanqui.

Misterio en pie

Todo esto lo relata con mayor detalle y acierto el historiador José Antonio del Busto en su reciente Túpac Yupanqui descubridor de Oceanía (Fondo Editorial del Congreso de la República), un volumen que seguramente despertará polémicas.

Del Busto sabe perfectamente los límites de sus hipótesis sobre estos viajes descubridores y los expresa con transparencia: todos los indicios apuntan a que esto sucedió, entre otras cosas porque desde el punto de vista náutico es posible que así haya sido -los capítulos dedicados a las balsas y a la navegación en aquellos tiempos refuerzan esta idea-, pero admite que no hay prueba histórica, material y concreta, más allá de restos arquitectónicos, algunas leyendas orales -originarias de los lugares que Yupanqui habría descubierto- y textos recogidos por cronistas.

¿Estuvo Yupanqui en las Galápagos? ¿Descubrió Oceanía? ¿Mandó levantar un templete en honor al Sol al sur de Rapa Nui? Todo sugiere que sí, pero la historia, en todo caso, seguirá en deuda con nosotros. Y me temo que esa deuda será impagable, por más que los indicios quieran honrarla.

Escribir un comentario

Código de seguridad
Refescar