A pesar de las grandes diferencias culturales entre etnias y sus distintos niveles de relación con la cultura y sociedad nacional mestiza, que los alejan o acercan del concepto de ciudadanía, el reconocimiento constitucional de los indígenas como sujetos de derechos y el avance en la propia percepción de sentirse y saberse sujetos de derechos individuales y colectivos, ha venido replanteando los roles de las mujeres y su ejercicio de la ciudadanía en términos de mayor participación y acceso a los recursos del desarrollo, de capacidad para elegir y ser elegidas, de incidir en las decisiones que afectan su vida mediante su participación en la formulación, gestión y desarrollo de sus planes de vida, y en los procesos de consulta para la realización de megaproyectos en sus territorios. Hay un avance en su percepción de igualdad con los otros por el hecho de ser humanas, pero también de su diferencia por la clara percepción de su etnicidad y el interés de mantener ésta como una alternativa de vida que las identifica como seres con unas particularidades culturales y proyecto de vida distintos a los de otras etnias o grupos poblacionales del país.

Cada vez más las mujeres indígenas forman parte de comités, organizaciones, grupos; cada vez hay más gobernadoras de resguardos y se les reconoce más su capacidad para administrar y organizar con criterio comunitario y de transparencia los recursos de sus comunidades (la democracia es matrística). Ante la crisis de ciertos liderazgos masculinos, cuestionados por visiones individualistas, arribistas y en no pocos casos por prácticas corruptas, surge un liderazgo femenino que cuestiona la tradicional prerrogativa de género que han tenido los hombres en este campo, promovido entre otras cosas por las organizaciones indígenas, masculinizadas y jerárquicas.

Los principios liberales de libertad, dignidad e igualdad en la esfera pública, como conceptos claves de la democracia occidental también parecen estar al centro de esta revolución, que introduce los conceptos de la identidad y la pluralidad como elementos constitutivos de la ¿democracia?, para oponerse a toda idea homogeneizadora de las culturas. A la globalización neoliberal los indígenas, hombres y mujeres han opuesto o complementado la idea de la globalización de los beneficios del desarrollo, de los recursos para mejorar la calidad vida de sus comunidades y de todos los humanos, la globalización de proyectos culturales colectivos y comunitarios que cuestionan el principio de individualidad del ciudadano para hablar de sujetos colectivos de derechos, amparados en un orden cósmico de equilibrio natural y social. Los mismos espacios de la globalización, como la Internet,[2] están haciendo evidentes estos proyectos emancipadores que cuestionan la idea misma de progreso, al conectar dicha idea con calidad de vida y desarrollo, y con los procesos de lucha reivindicativa y de resistencia. Resistencia que debe entenderse en toda su dimensión política y estratégica, no sólo a las prácticas controladoras de los actores armados del conflicto, coyunturalmente violadoras de su autonomía y gobierno, sino también ¾y fundamentalmente¾ a la imposición de un modelo de desarrollo y proyecto político homogenizador que desconoce sus expectativas de vida y sus culturas.

Sin embargo, con frecuencia el reconocimiento de la diversidad en la unidad se dificulta. Las posiciones, la distribución, acceso y uso de los recursos para el desarrollo entre hombres y mujeres, en cualquier espacio social sea este público o privado, confirman que todavía la igualdad (en la diferencia) sigue siendo una aspiración de las mujeres. En el fondo, el discurso reivindicativo del derecho a la diversidad y la diferencia ha sido inconsecuente e inconsistente hacia adentro de las etnias, al pretender mantener un statu quo que discrimina a las mujeres con el fundamento de la diferencia cultural. Todavía no se dice de todos los sujetos sociales que componen las organizaciones y las etnias el ejercicio pleno de todos sus derechos individuales y colectivos. Todavía se desconoce que las prácticas de organización y representación no brindan iguales oportunidades de desarrollo de la personalidad (individual y colectiva) de hombres y mujeres, y constriñen los derechos de éstas.

Aunque hacia adentro gran parte del movimiento indígena reconoce ya su diversidad cultural, todavía parece reconocerse homogéneo no sólo en términos del género sino también de los intereses y necesidades de sus actores sociales y de las posturas que considera políticamente correctas, desconociendo muchas veces las dinámicas regionales, locales y comunitarias diversas. Se re-descubre en el discurso lo que la propia diversidad implica (90 etnias diferentes, 90 maneras de entender y percibir el mundo), pero aún este descubrimiento no se traduce en respeto político y tolerancia interna, mucho menos en el descubrimiento de las identidades masculinas y femeninas, con sus distintas necesidades e intereses, como aspectos que enriquecen su noción misma de pueblos y culturas, su noción de participación como creadores de sus leyes, de sus modelos de sociedad, como miembros de común unidades complementarias y diversas.

Diferencias que frecuentemente se reconocen, eso sí, desligadas de la esfera del poder: “las mujeres son más organizadas, más responsables, más honradas, les rinde más el trabajo...” pero esto no les permite identificarlas o reconocerlas como sujetos políticos, porque sencillamente no hacen, no han “aprendido” a hacer política al estilo de los líderes hombres, que es la forma percibida como “válida” para gobernar. Lo que da para pensar que el discurso de la diferencia y la diversidad apenas está llegando al interior de las organizaciones y algunas comunidades indígenas. Hacia fuera se exige el derecho a la heterogeneidad de saberes y pensamientos, de maneras de ser y actuar, pero hacia dentro el discurso ha sido uniformador y homogenizador: un proyecto político y cultural que de alguna manera borra las diferencias internas determinadas por el género, la edad, la etnia; que hace invisibles algunos de sus actores sociales.

¿Cuál es y será el impacto de la asunción de estos nuevos roles de las mujeres indígenas en sus sociedades?, tal vez éste sea el meollo del asunto. No creo que se trate de reproducir el modelo de vida occidental en donde la salida de las mujeres al mundo de la producción y la política ha contribuido a formar sociedades centradas en una noción de calidad de vida como externalidad, como producto del mayor acceso a bienes y servicios, y una calidad de vida privada francamente deprimente, que explota las sociedades desde adentro al llenar de vacío y soledad las relaciones afectivas primarias del individuo en la familia y produce individuos sin norte; un modelo que se impide a sí mismo el desarrollo de sus valores de humanidad.

No sé si los ciudadanos del mundo, globalizados, deban tener esas características de desapego a todo, pero estos movimientos culturales de la diversidad precisamente ponen al centro esos apegos: a una comunidad, a una identidad, a una cultura. No pocas y pocos líderes indígenas imitan o reproducen hoy este modelo y muestran una gran incoherencia entre su vida personal y el discurso de identidad, que tiene consecuencias desastrosas en sus familias como primeras víctimas de esa esquizofrenia que produce el no sentirse parte de una cultura ni de otra; pero también hay en muchos líderes y liderazas con una gran capacidad de equilibrar las fuerzas y armonizar la vida. La mujer y el hombre indígenas tienen, pues, el reto de llevar el discurso de la diversidad hasta sus últimas consecuencias e inventar o recrear una nueva forma de ser social, de ejercer la ciudadanía en armonía con el desarrollo del ser y de la naturaleza.

Con la mujer indígena emerge un nuevo sujeto social, determinado o ligado no sólo al ámbito de lo privado o intraétnico (la reproducción biológica, social y cultural de la etnia) sino también al ámbito de lo público en la gestión y el gobierno, que además tiene el reto de saber combinar lo social comunitario con lo privado, como parte constitutiva de la calidad de vida, y de conjugar ambas perspectivas con el proyecto de identidad y desarrollo propio enarbolado por sus movimientos hace más de 30 años, de manera que esta transformación no se convierta en un elemento más de fragmentación de sus sociedades o promotor de la migración a las ciudades. “Las mujeres hemos empezado a criticar las estructuras de organización por ser excluyen­tes, por no seguir modelos autónomos, por no ser democráticas internamente y, sobre todo, por desprestigiar, ignorar o aislar nuestra contribución.

Hemos sido claras en expresar nuestro deseo de trabajar siempre en conjunto con los hombres dentro de las organizaciones, aunque sigamos encontrando obstáculos que nos lleven a ser discriminadas a su interior. Nos duele ver que en muchas ocasiones se encuentran las excusas para mantenernos en posiciones inferiores en las que no podemos ejercer funciones de mando, que nuestra contribución no es tomada en serio, y que nuestro trabajo con mujeres indígenas es el primero en ser sacrificado si hay problemas económicos”.[3] He aquí un replanteamiento claro del ejercicio de la ciudadanía, en términos de la etnicidad y el género.

Para finalizar, bien vale una reflexión de Victoria Camps (2001): Aceptar la diversidad cultural significa reconocer lo que nos distingue sin abdicar de la igualdad básica que debe unirnos. El discurso del multiculturalismo trata de convencernos de que sólo accidentalmente somos distintos pero esencialmente somos iguales, nos dice que el derecho a ser diferentes no es sino un modo de afirmar el derecho a ser iguales. Todos merecemos el mismo respeto y tenemos derecho a manifestar y conservar nuestras diferencias: el derecho a vivir en libertad y escoger la religión, las costumbres, la opción política y la forma de vida que nos guste... El discurso del multiculturalismo exige que los individuos que pertenecen a colectivos marginados sean reconocidos como ciudadanos de primera categoría. Todos somos iguales en la medida en que somos seres humanos, vista ésta como la identidad más formal y específica que tenemos. Pero... no basta que uno se reconozca como ser humano, es preciso que también los otros lo reconozcan a uno como tal, pues las respuestas a las preguntas ¿quién soy?, ¿de dónde soy?, ¿qué quiero ser?, se encuentran únicamente en la relación del yo con los otros.



[1] Aparte del ensayo publicado por la Universidad Autónoma de México: Ciudadanía, Género y Conflicto en comunidades indígenas.

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