Analícese la situación como se analice, la Minga Humanitaria del Pueblo Awá realizada durante la última semana de marzo ha dejado interrogantes que se ciernen sobre el porvenir del pueblo awá. Reflexiones, un análisis y una opinión de un periodista de Actualidad Étnica sobre la Minga Humanitaria del Pueblo Awá hacia el rescate de sus compañeros caídos.

Por Mark Maughan

Analícese la situación como se analice, la Minga Humanitaria del Pueblo Awá realizada durante la última semana de marzo ha dejado un interrogante que se cierne sobre el porvenir del pueblo awá. A pesar de que seiscientas personas se serpentearon por la jungla nariñense desenterrando y requisando la fértil y virgen tierra en busca de los restos de sus hermanos masacrados, sería ingenuo esperar que las Farc cesaran de operar a causa de una súbita compasión humanitaria despertada por una búsqueda tan valiosa, y por ello, no podríamos dogmatizar tal hallazgo como un triunfo sobre el grupo armado, por miedo a que reaccione para reafirmar que siguen siendo los que mandan.

Luego, por más que los voceros de las organizaciones indígenas glorifiquen el "objetivo cumplido" de la misión, el miedo, o tal vez el temor, es el que quede latente posterior a la minga.

A corto plazo, es inevitable elogiar a los indígenas por haber logrado hacer lo que el Gobierno, con sus distantes ramas, extensiones y complicaciones no se hubiera atrevido a efectuar nunca. Basta con echar un vistazo a los hechos; en poco menos de tres meses el Gobierno alcanzó a recuperar tres cadáveres, en contraposición, la Minga, cuya pesquisa entera duró cuatro días, desenterró ocho cadáveres ubicados a distancias considerables.

Por tanto, se ha destacado el triunfo del rescate. Se ha probado dar a conocer el caso a los medios de comunicación, tanto para denunciar la parsimonia del Gobierno como para encomiar la labor de los mingueros y su caminata. Si bien, el hallazgo no logró exaltar los ánimos del gran público y limitadamente fue percibido por los medios masivos, suscitó una cierta admiración entre la gente más despierta y seguidora del tema.

Tal como lo ven los awá, y potencialmente otros lectores más reflexivos, los indígenas tienen una victoria tangible sobre el Gobierno. Asombroso, indudablemente, pero, la pregunta es ¿y qué?, ¿en realidad qué ganan con esta victoria triste y fugaz?, e incluso, ¿debemos denominarla como una victoria?

El señalamiento de los indígenas hacia las Farc no se asemeja al odio e intolerancia manifestados por el Estado, quien suele inclinarse por demonizarlas categóricamente. Empero, los pueblos originarios tampoco comparten la ideología ni colaboran con los actores armados ilegales. Al encontrarse marginados y desconocidos por el Gobierno, como lo han manifestado a través de sus comunicados y acciones, es entendible que su posición hasta ahora haya sido neutral entre los dos bandos.

Considerando que todos los de su alrededor cuentan con armas, los métodos pacíficos aplicados por los indígenas son admirables y valientes, como botón de muestra de la importancia que le conceden a la paz. Sin embargo, vale la pena advertir que esta misma raza de paz es la que fue masacrada. Los awá niegan la razón que dio las Farc por la matanza, la de una supuesta colaboración con el Ejército, asimismo nunca se han sublevado contra ellos. Si no ha habido ninguna colaboración, y los indígenas jamás se han pronunciado contra los grupos armados ilegales con la misma vehemencia del Estado, este genocidio se vuelve aún más preocupante y pone en duda tanto la eficacia como el peso de los métodos utilizados por los indígenas en esta lucha, es decir, es muy probable que se requieran procedimientos y acciones más extraordinarias para combatirlo.

Como quedó testificado en la reciente minga y la realizada en octubre pasado, la forma en la cual los indígenas van ganado su terreno, en vez de alargar la mano para coger la pistola, es agarrar el bastón y ponerse a caminar. Y cuando los pueblos caminan, ellos no ‘maman gallo': mientras el año pasado la Minga llegó a pie hasta Bogotá desde el Cauca, la otra consistió en forcejear dos semanas en medio de una mole verde selvática y agreste. Su protesta social no consiste en comprar una camiseta con un lema político arengando el tema del día, y tampoco recurren a la violencia; en cambio, es gente de paz y por eso vienen dedicando su vida a caminar la palabra alzándose en los cuatro puntos cardinales de Colombia, protestando con convicción y sinceridad.

El ritmo a pie no hace peligrar la velocidad de los tanques militares y el bastón no está hecho para lastimar como un arma ilegal. Los indígenas también luchan por su propia causa a su propia manera. La segunda pregunta es, entonces, ¿hasta qué punto ganarán terreno, y sus derechos, con tales métodos?, ¿sus métodos tienen peso disuasivo para las Farc?, ¿cuál es el alcance de la Minga?

Como indicaron en la Asamblea con la que finalizó la Minga en el corregimiento de El Diviso, los awá están dispuestos a entrar en diálogo directo con las Farc para resolver cualquier conflicto que exista, además de diligenciar la cohabitación en la selva nariñense. No es afirmar que ellos apoyan la causa revolucionaria, sino que reconocen que, con el propósito de autogobernarse y frenar el genocidio, justificado por motivos erróneos, es ineludible que se abra tal espacio.

En plena conciencia de la ineficacia del Estado frente a la lucha por la reivindicación de los derechos de los indígenas y su terquedad al oponerse al diálogo con las Farc, puede ser que les corresponda a los mismos indígenas negociar, siguiendo su principio de autodeterminación, y tener relaciones con un grupo armado que acaba de asesinar a uno de sus pueblos con arma blanca, hasta llegar a abrir el vientre de una mujer para sacar a su neonato.

Admirable la intención. Ahora bien, y sin intención de quitarle de encima los logros, los éxitos y la escala de la Minga ya mencionados, es esencial revelar que no todo lo que se hizo en los nueve días estuvo muy bien planeado y que aún falta mucho: faltan cadáveres pudriéndose en la selva por ser encontrados, pues, aún cuando había voluntad de algunos buenos samaritanos, preparados a seguir buscando, hasta ya no poder más, el hambre, el cansancio y el extenso camino vencieron la tropa de 500 mingueros; falta asegurar el bienestar de Alfredo y su familia, el señor que guió a la minga, hasta donde él, con desesperación y profunda tristeza, había enterrado cuatro de los asesinados en la orilla de la quebrada El Ojal, y quien decidió permanecer en su comunidad; falta terminar el levantamiento de los muertos, puesto que la Guardia Indígena no tenía la competencia para realizar el trabajo forense, ni tampoco alcanzó a acompañar a los funcionarios de la Procuraduría en el levantamiento de los últimos dos cuerpos; y siempre falta investigar y observar de cerca el conflicto en el resguardo, con tanta presencia subversiva avecinándose en las tinieblas. Mejor dicho, incluso los movimientos sociales más admirables y bienintencionados como la minga tienen sus falencias y límites.

Revisemos la realidad: el caos y el peligro reinan sobre la selva nariñense. La pequeña victoria de la Minga sobre el Gobierno, si se desea nombrarla así, merece toda la atención y cobertura informativa que genere; empero, ¿de qué sirve declararse triunfantes sobre alguien, que, aunque en el pasado haya sido una fuerza difunta e ineficaz frente a la causa indígena, es su supuesto aliado? Cuando todavía hay mucho que hacer, reiteramos la pregunta: ¿en realidad qué ganancia hay con enfatizar esta "victoria" triste y fugaz?

Es incontrovertible que las autoridades indígenas hayan intentado emitir un mensaje positivo al exterior a través de sus comunicados, las imágenes publicadas, las entrevistas con los medios de comunicación, a pesar del desgarrador escenario en el que encontraron a sus compañeros. La frase del día fue "objetivo logrado", visto que se le entregó la información pertinente a las autoridades competentes del Estado para que ellos hagan su trabajo de rescate de los muertos. Se condenó al conflicto armado y se exigió al Gobierno nacional que cumpliera con su deber.

Hasta cierto punto, la minga sí "logró su objetivo" y sería muy tentador sólo repetir y reforzar el argumento de los propios indígenas, pero a mi juicio es vital ir mucho más allá, antes de archivar el éxito de la minga awá. La "fiesta" se acabó pero toca limpiar bien la casa después, una tarea que dura mucho más que la misma celebración.
Tengamos muy presente lo de la "victoria" sobre el Estado, es decir, el sentimiento de haber hecho lo que jamás éste hubiera podido realizar. ¿Cómo es que se puede hablar en tales términos y después exigir el cumplimiento del Auto 004, un proceso que implicaría una colaboración directa entre indígenas y el Estado? Sería insensato caer en la trampa de polemizar y alejarse demasiado del Estado, cuando la verdadera problemática y el asunto más preocupante, después de la minga, está vinculada al futuro trato con las Farc y otros actores armados en la región de Nariño, ya sean legales o no. El enfoque no debe ser el de la "victoria" sobre el Gobierno, ni el hecho de que es el Estado, al que le toca hacer su trabajo de rescate de los muertos, sino el porvenir del pueblo awá.

La paz es un propósito radical en Colombia, así pues, habría que reflexionar sobre los métodos que se usan para alcanzarla y hasta dónde se puede llegar; si sería mejor impulsar este Auto 004 emitido por la Corte Constitucional, en el cual se insta al gobierno a crear un Plan de Salvaguarda para la autoprotección del pueblo awá, o si hay otros procedimientos más adecuados y propios.

Para mí, la voz de los awá es la de un pueblo subyugado buscando dondequiera una salida, reflejando su inseguridad frente a un acto genocida; es el microcosmos de la lucha indígena en Colombia. ¿Dialogar con las Farc y correr el riesgo de más señalamiento?, ¿cooperar con el Gobierno y ser considerados sapos?, ¿condenar a todos para caminar solos?, o ¿seguir exigiendo y adelantando las propuestas del Auto e intentar dialogar con las Farc a la vez, empinándose entre los dos campos?, son algunas de las preguntas que sugieren de la irrebatible desesperanza.

Se trata de métodos de trabajo y cuestiones más al fondo de las organizaciones indígenas. La interferencia de algunas ONGs en el trabajo adelantado por la ONIC, tal como lo señaló esta autoridad indígena durante la Asamblea Nacional de Autoridades el primer día de la Minga, así como los desacuerdos con el Gobierno, hacen parte de la problemática de las relaciones externas.

Con todo, mientras esperamos un mensaje más claro, o un gobierno que esté más dispuesto a luchar al lado de los indígenas, la situación seguirá siendo confusa y tensa. En definitiva, el propósito de trabajar los dos lados, tanto un diálogo con las Farc como el avance en el cumplimiento del Auto 004, con el Gobierno, quedó planteado. No obstante, sólo el tiempo nos dirá cuál se realizará y cuál será el más eficaz, y con qué actor se podrá negociar.

Mientras tanto, y para finalizar en tono optimista, en vez de fatalidad y penumbra, el recuerdo y la expectativa de la Guardia Indígena es, en lo que me concierne, la esperanza más destacada que traeré de mis experiencias en la selva nariñense. Su eficacia, su disciplina, su pudor y su potencial son indispensables en la lucha indígena. La Guardia se levanta como el símbolo y la expresión concreta de la fuerza indígena, fortaleciéndola y alimentándola con miras al porvenir.

Como dice el himno de la Guardia Indígena, "compañeros han caído pero no nos vencerán" y se espera que nunca se apague esta vela de luz, esperanza y visión.

*Mark Maughan es periodista de Actualidad Étnica.

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