Los pasos se amalgaman con las voces. Desde hace siete días alrededor de 20 almas iniciaron una peregrinación buscando conmemorar más que una fecha. Recorren los caminos de la región del Naya, recordando con el andar los gritos ahogados de indígenas y campesinos masacrados en un carrusel de sangre y horror, que en menos de dos noches cobró la vida de poco más de cien personas, a pesar de que las cifras oficiales den cuenta de 40. Algunos marchantes sienten que los cuerpos que quedaron desperdigados por las veredas y corregimientos aún claman. Algunos incluso sostienen que en la inmensidad de la montaña existe una especie de energía inexplicable que acompaña el recorrido.
Hay varios que vuelven a pisar la montaña luego de dos años. Las imágenes que acuden a sus mentes deben ser traumáticas, pues en más de una oportunidad sus ojos se llenan de lágrimas. Van caminando, compartiendo con el compañero de marcha la nostalgia de unas vidas cuyo destino cambió para siempre. En aquella nefasta madrugada marcada por el calendario como 11 de abril, lo perdieron todo, hasta la esperanza.
Los pasos tienen como destino final Santander de Quilichao. Allí se concentran para adelantar una Audiencia Pública que busca dizque evaluar hasta qué punto se han cumplido las recomendaciones hechas en su momento por las entidades estatales y gubernamentales para resarcir los daños ocasionados tras la incursión y posterior masacre. Los indígenas y campesinos escuchan a una serie de personajes de trajes impecables hablando de compromisos y responsabilidades, mientras sus voces se estrellan en los silenciosos muros de una plaza de toros que aún cobija bajo sus precarias graderías a 120 familias desplazadas.
Hay varios que miran a los representantes del gobierno nacional y departamental con escepticismo. Son conscientes de que esos funcionarios que observan el pueblo con asombro están allí porque se cumple el segundo aniversario de la masacre. Es bastante probable que ese señor bajito que adorna su rostro con unos delicados anteojos de aro plateado sea el mismo que una mañana cualquiera no haya podido atender a los representantes indígenas cuando viajaron a la capital en busca de soluciones. Es cuchan las palabras con reserva, haciendo el esfuerzo por conservar la ilusión de que en algún momento podrán retornar a sus tierras con la seguridad de poder vivir en paz. La paciencia es lo único que les queda.
Los pasos se comienzan a dispersar con el pasar de las horas. La Audiencia llega a su fin. Han sido siete días de extenuante recorrido. Indígenas, campesinos, afrocolombianos, mestizos y un sinnúmero de participantes más han querido contribuir en algo con el dolor que aún se cierne sobre las víctimas de la masacre. Los pasos retornarán a sus lugares de origen, sin olvidar la solidaridad que se debe tender y extender a todos que sufren de alguna forma los embates del conflicto armado colombiano. Muchos regresarán a sus comunidades, a la espera de que un actor armado llegue a repetir la historia del Alto Naya.
Hay varios que seguirán peleando con todo y contra todo para que puedan recuperar algo de lo que perdieron esa dolorosa madrugada. Están dispuestos a que su tragedia no se quede en meras conmemoraciones. Regresan con sus familias a la espera de que una madrugada distinta los sorprenda al lado de sus cultivos, con sus perros, con sus hijos y con la tranquilidad de poder levantarse cada mañana para tener el placer de cultivar lo que más anhelan como seres humanos: una vida digna.