Hace diez años despertamos alarmados ante el etnocidio que un estado prepotente e inconsecuente planeaba para nosotros mientras exhibía orondo una constitución política pluriétnica y multicultural. El estado que reconocía plenamente la existencia de los grupos étnicos disminuidos a causa de la colonización española y el blanqueamiento mestizo y que ofrecía posibilidades participativas a todos los sectores de la sociedad,  nunca renunció a su esencia. Los intereses económicos de una clase dirigente que no necesita fórmulas especiales para permanecer en el poder hacía realidad el sueño de todo país tercermundista de mirada baja y sin identidad quiere alcanzar: vender a los ricos con la esperanza de serlo algún día, se concretaba en la construcción de la hidroeléctrica Urrá. Un empeño nacional, que se logró gracias al empuje de los “hombres de empresa”, quienes desde 1950 venían planeando cómo vender parte del territorio nacional, para obtener nimios beneficios económicos a costa de nuestro territorio, nuestra madre tierra, nuestra cultura y en últimas nuestra vida como pueblo y física.

 

Poca fe teníamos y tenemos que estos “hombres de empresa” pensaran que arrasaban con un pueblo, pero resulta paradójico que no hubiesen pensando siquiera en los hijos de sus hijos. Desde sus inicios los estudios de impacto ambiental (que curiosamente albergan lo social y lo cultural) contratados por los dueños del proyecto tenían un fin específico, demostrar que el proyecto era viable y que el “costo ambiental” era mínimo. Por supuesto se requirieron miles de mentiras la peor de todas era sin dudas la concreción de una idea que aun ronda en las cabezas de los dirigentes regionales, y sin duda nacionales: desaparecer a los Emberá katío del Alto Sinú.

 

Por eso iniciamos el Do Wabura para decir sí existimos, aquí estamos, aquí hemos estado y aquí permaneceremos, mientras nuestros ombligos sigan aquí enterrados. Los que entonces éramos apenas unos muchachos recordamos que nuestros abuelos nunca creyeron que un río se pudiera tapar, nunca creyeron que manos humanas pudiesen hacer una laguna. Al calor de esos primeros días de organización aprendimos que debíamos gritarle al mundo que sí existíamos. A decir verdad, ese 4 de noviembre de 1994, muchos abordamos las balsas que surcarían el Sinú aguas abajo, sin creer que sería la última travesía que nos permitiría llegar por río a Tierralta, Montería o Lorica arrancando desde nuestras comunidades.

 

Diez años después, nuestras mentes, nuestros corazones y en últimas nuestro pensamiento se resiste a aceptar el daño inmenso que un enorme muro de concreto trajo tras de sí. Impávidos como hace diez años, vemos crecer a nuestros hijos enfermos con males que no ceden al poder de los jaibanas, vemos avanzar las serpientes que desconcertadas buscan su antiguo hogar. Pero sobre todo vemos a nuestro pueblo precipitarse en un abismo de locura de billetes, consumo, tiempos, reuniones. Hoy que somos padres de niños como nosotros en ese entonces, sentimos un dolor inmenso de saber que sus ojos nunca verán la majestuosidad del Sinú completo. Son diez años que nos han arrebatado la tranquilidad pero nunca la esperanza.

 

Por eso desde hace diez años la organización del pueblo Emberá ahora congregada bajo el nombre de Cabildos Mayores de Río Sinú y Río Verde, avanza cada vez con mayor fuerza hacia la defensa y garantía de ese derecho a existir. En estos diez años la cultura ha sido el motor de nuestra lucha , hoy todos los sitios de nuestro resguardo han recuperado los nombres primigenios que los colonos les habían hurtado hace años.

 

Hoy después de diez años de cambio nuestras mujeres orgullosas alaban su fertilidad y su voz se une en una sola para gritar que desean parir muchos hijos, tantos que un día cercano los Emberá seamos tantos como los kapunia (no indígenas). Ellas disfrutan su maternidad con la misma alegría que el bosque nos trasmite a todos enseñándonos a vestir con colores brillantes y festivos, como debe ser la vida.

 

Día a día nos ratificamos en el hablar Emberá, en buscar traducciones, antes de adoptar nuevas palabras o peor aun de adoptar conceptos. En estos diez años una y otra vez hemos analizado y buscado una palabra Emberá que signifique derecho y aún no la hallamos. Tal vez ningún lingüista logre la traducción, porque el sentido de la vida no se reduce a frases o palabras como educación, salud, participación, la vida y su sentido no caben en las palabras que torpemente pronunciamos los humanos. Los Emberá no supimos de derechos hasta que nos los arrebataron, antes nunca nos faltó nada y si nos faltó siempre un anciano sabio buscó en su pensamiento la historia adecuada que logró hacernos entrar en razón. Por eso nuestro pensamiento sigue siendo el mayor de nuestros tesoros y ese nunca podrán arrebatárnoslo.

 

Los cuatro horcones de nuestra organización siguen tan firmes como siempre: oi wandra, drua wandra, krincha wandra y Emberá wandra

 

Achera emberara, yumakera, werara: gracias por hacer posible este sueño de unidad, organización, cultura y territorio.

 

Compañeros indígenas, gracias por guiarnos y acompañarnos en este camino.

 

Compañeros kapunias de las ONGS, amigos del pueblo Emberá gracias, por caminar junto a nosotros.

 

Hace diez años nos obligaron a decir do wambura (adiós río)

pero nunca diremos: adiós vida

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