Actualidad Étnica, Bogotá, 15/11/2007. Recordando al Líder y sacerdote Indí­gena Álvaro Ulcué Chocué, asesinado en Santander de Quilichao, Cauca, el 10 de noviembre de 1.984. Las autoridades indí­genas del Cauca le recuerdan con cariño como un hombre que luchó codo a codo con el movimiento indí­gena por la dignidad del pueblo, por los derechos humanos de los aborí­genes y adelanto el proceso de  recuperación de tierras.


 

13 años después de su muerte el asesinato del líder indígena sigue en la impunidad, la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca en cabeza de su presidente Ezequiel Vitonas reclaman justicia para que la muerte del sacerdote Ulcué y otros tantos crímenes cometidos contra lí­deres y comuneros indígenas del Cauca y Colombia no queden impunes como hasta ahora.

 

A continuación presentamos un artículo de la Comisión Intereclesial de Justicia y Paz que ilustra porque este colombiano de sangre caucana y un compromiso férreo con sus hermanos indígenas llego a ser un destacado luchador; un hombre querido, respetado y recordado y también un mártir, más, de la violencia que  pareciera emprenderla contra quienes sueñan con una Colombia en paz.

 

Sin Olvido: Alvaro Ulcue Chocué

 

Por: Comisión Intereclesial de Justicia y Paz

 

"Si he de morir, quisiera que mi cuerpo quedase amasado en la arcilla de los fuertes, como un cemento vivo arrojado por Dios entre las piedras de la Ciudad Nueva".

 

Hoy hace 23 años, un sábado 10 de noviembre de 1984, cuando se acercaban las ocho y media de la mañana en el casco urbano de Santander de Quilichao, departamento del Cauca, el sacerdote Álvaro Ulcue Chocué fue atacado por los agentes del F-2 de la Policí­a Nacional, Miguel Ángel Pimentel y Orlando Roa, quienes se movilizaban en motocicleta, y al interceptarlo le dispararon en varias ocasiones. Álvaro quedo mal herido se bajó del vehículo en el que se transportaba y se tendió en la tierra. Luego, los sicarios se retiraron, pero al percibir que estaba mal herido lo remataron, y finalmente huyeron. Religiosas que estaban cerca al sitio, lo introdujeron en un taxi y lo condujeron al hospital de la localidad a donde llegó con vida. Momentos después falleció.

Las investigaciones penales y disciplinarias fueron manipuladas por las instituciones pretendiendo focalizar las responsabilidades en otros, algunos expedientes se "extraviaron, llevando a que el crimen quedara en la impunidad.

 

El día del crimen, Álvaro debí­a actuar como padrino de un niño que iba a ser bautizado en Santander de Quilichao. Regresando de Cali a donde había ido la tarde anterior, llegó a Santander a las 7:30 a.m. y estuvo primero en la Casa Cural. De allá­ de dirigió al almacen de la madre del niño que iba a ser bautizado, donde le obsequiaron una camisa. Luego pidió el teléfono para hacer una llamada a la Hermana Luz Marina, quien también iba a participar en el bautizo y se encontraba en ese momento en el Hogar Santa Inés; le pidió que le preparara un desayuno, pues iba hacia el hogar enseguida.


Cuando llegaba al Hogar Santa Inés, ocurrió el crimen. Gracias a un testigo ocular se pudo identificar a los dos asesinos como miembros del F-2. El testigo rindió declaración ante el Juzgado Segundo Ambulante de Instrucción Criminal.


En abril de 1985, inexplicablemente el testigo fue buscado por Agentes de la Procuraduría General de la Nación y obligado, contra su voluntad, a viajar a Popayán para "ratificar sus denuncias". Al reconocer en fila a uno de los victimarios, el juez permitió que el acusado identificara plenamente al denunciante y lo amenazara. Luego, uno de los Agentes de la Procuraduría que lo acompañaba llevó al testigo al Cuartel de la Policía de Popayán donde, bajo todo tipo de intimidaciones, le exigieron cambiar su versión ante el juez, para acusar más bien a las FARC del asesinato del Padre Ulcué. Llevado nuevamente al juzgado, lo obligaron a firmar un documento, sin permitirle leerlo. Luego fue conducido a los calabozos del DAS en Cali, donde recibió nuevas amenazas.


El Comité Permanente por la Defensa de los Derechos Humanos ofició entonces, a la Presidencia de la República y a la Procuraduría General de la Nación, denuncias por tan delictiva manipulación de las investigaciones, sin obtener ninguna respuesta. Aun más, todas las copias del expediente de la Procuraduría sobre el asesinato del Padre Ulcué "se perdieron", llevando a que el crimen quedara en la más absoluta impunidad.


Los restos del  padre Álvaro fueron trasladados a Pueblo Nuevo, la tierra indígena que lo vio nacer. La tierra por la que hoy en su memoria los pueblos indígenas, los campesinos mestizos y afrodescendientes la defienden afirmando su dignidad. No fue sepultado en el templo, como muchos querí­an, sino que se cumplió su voluntad expresa: "Si he de morir, quisiera que mi cuerpo quedase amasado en la arcilla de los fuertes, como un cemento vivo arrojado por Dios entre las piedras de la Ciudad Nueva".


Han pasado 23 años, y la fortaleza del testimonio de Álvaro Ulcué Chocué vive en la dignidad de los pueblos del Cauca que afirman sus derechos, su dignidad. Esos pueblos exhuman hoy la memoria, la causa por la cual fue asesinado el sacerdote indí­gena, la concentración de la tierra, la imposición de un modelo de desarrollo que privatiza el territorio, que comercializa la vida. Por ello, Álvaro Ulcué en la memoria, álvaro Ulcué Sin Olvido

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