Por Luis Javier Caicedo/ Foto www.riosucio-caldas.gov.co

Siempre se ha sabido que por aquí pasó el conquistador español Juan Vadillo, que él venía huyendo de Cartagena y que fue quien le dio el nombre de "Riosucio" al río Imurrá, porque lo cruzó crecido en un crudo invierno. Pero poco se conoce de quién fue este personaje, qué lo trajo por aquí, cuándo y por dónde ingresó, qué cosas hizo. Y de verdad hubiera sido deseable encontrarse con un aventurero medio loco, ladrón de caudales o raptor de doncellas cartageneras, y no con el personaje ambicioso, fracasado y cruel que resultó.

 

El licenciado Juan Vadillo era oidor (juez) de la Audiencia de la isla de Santo Domingo (hoy República Dominicana), cuando en 1537 fue enviado a Cartagena a investigar al gobernador Pedro de Heredia, quien tres años antes había fundado esa ciudad. Pero abusando de su encargo, Vadillo puso preso a Heredia y usurpó la gobernación. Cuando se enteraron en España, mandaron otro juez a investigar a Vadillo. En ese momento llegó a Cartagena el explorador Francisco César proveniente de la provincia de Guaca (Frontino, Antioquia), donde había sacado mucho oro de las sepulturas indígenas, con la noticia de haber estado muy cerca de “Dabaibe”, un tesoro legendario parecido al de “El Dorado”.

Entonces Vadillo, como nuevo gobernador de Cartagena, organizó una gran expedición para buscar a “Dabaibe”, y así lograr enriquecerse, llevarle un parte de la ganancia al rey y que le perdonaran su delito. Esta expedición salió de Urabá el 24 de enero de 1538, con 200 soldados españoles, cerca de 50 esclavos negros, 50 indígenas de servicio, algunos indígenas lenguas o traductores, 4 curas y 300 caballos. O sea, todo un ejército, armado a una inversión de 50.000 pesos.

En la serranía de Abibe los españoles tuvieron largos combates con el cacique Nutibara sin derrotarlo, aunque matándole un hermano. Cuando llegaron al valle de Guaca ya los indios habían desocupado las sepulturas. En junio arribaron a Buriticá, un cerro rico en oro, cerca de la actual Santafé de Antioquia, donde su cacique los enfrentó y se negó a mostrarles las minas, por lo que fue quemado vivo. Pero Vadillo no se quedó a fundar un pueblo y explotar el mineral, porque su propósito no era sacar el oro de la tierra sino encontrar un tesoro a lo Indiana Jones. En esa zona Vadillo descubrió el río Cauca, y siguiendo su curso río arriba llegó al actual suroeste antioqueño. En Corid (Andes) los indios le dijeron que en Caramanta, tierra del cacique Cauromá, había un templo mitad de piedra y mitad de oro, otro templo techado con plumas de papagayo y un cerro llamado Cuircuir con tanto oro que se coge con las manos.

Probable ruta de la expedición de Vadillo por la Vega de Supía

Con esta expectativa, Vadillo asciende a Caramanta y allí captura a dos “capitanejos valientes de cuerpo” para que lo lleven a Cuircuir. Pero estos lo engañan, y en lugar de bajarlo a las cercanas minas de oro de Marmato, lo meten por los arcabucos de la montaña de Caramanta hasta “un río que corre al sur”, que sería el río Arroyo Hondo, en la parte alta de Riosucio y Jardín. Los españoles con sus caballos duran perdidos y sin comida siete días hasta que el 14 de agosto encuentran una salida por otro río (posiblemente el río Aguas Claras, que atraviesa el actual Resguardo Indígena de San Lorenzo en Riosucio). Al día siguiente llegan a un pequeño valle y caen armados sobre los pocos bohíos que allí había. Un día después entran a un amplio valle con una población grande que los indígenas llamaban BIRÚ. Habían llegado a la vega de Supía[1].

En Birú Vadillo tiene la fortuna de proveerse de mucha comida; pero encuentra también tres malas noticias: una, que el pueblo había sido despoblado la noche anterior; dos, que los guías de Caramanta lo habían desviado del camino a las minas de oro de Cuircuir (Marmato) “por no nos las mostrar”, y tres, que hacía dos años habían pasado ya hombres barbudos por ese territorio (tropas de Sebastián de Belalcázar). En prueba le mostraron una suela de zapato, y más adelante Vadillo encontraría una calavera de caballo.

La vega del río Supía desde el cerro Hojas Anchas. Se aprecian los cerros: A. Campanario. B.  Carbunco. C.  Loma Grande. D. Sinifaná (Riosucio). Detrás de ellos está el valle de los Pirzas, surcado por el ríoRiosucio (adaptación sobre foto de: http://www.panoramio.com/photo/40639549

Hasta aquí la historia la cuentan el propio Vadillo, en una carta que le escribe al rey desde Panamá en julio de 1539[1], y Pedro Cieza de León, un joven soldado de esa expedición que se quedó en la región del Cauca Medio entre 1538 y 1547 y en 1553 publicó La crónica del Perú. Lo que sigue lo relata en 1587, en forma de poema, Juan de Castellanos, cura de Tunja, en la obra Elegías de varones ilustres de Indias, con base en testimonios de dos vecinos suyos que estuvieron en esa expedición.

Vadillo permaneció un mes en la vega de Supía, tiempo en que todas las mañanas los nativos, dueños de la casa, hostigaban el campamento español con flechas y dardos desde una quebrada montuosa. Vadillo ordenó tenderles una emboscada y acabar con “la bestial y bruta pestilencia”. Así fue. Una mañana el capitán Mujica los atacó por la espalda y mató una multitud de indígenas. El suelo se convirtió en un lago de sangre. Algunos indígenas fueron capturados y otros huyeron.

El hierro de la lanza se ensangrienta

Con presurosa voz de ¡Santiago!

Peones con espada violenta

En indios hacen no menor estrago;

Creció la crueldad sanguinolenta,

Tanto que en el suelo hacen lago:

Algunos desamparan los tumultos,

Y otros quedaron como vanos bultos.

Pero muy poca gente quedó viva

Con el ciego furor y turbulento,

Y desta mucha parte fue captiva

Que del lugar no hizo movimiento;

Al campo la victoria se deriva,

De que Vadillo tuvo gran contento,

Y ansí nunca más después de este rebato

Hubo bravosidad ni desacato.


Por si esto fuera poco, llegada la calma, un soldado se alejó del campamento a hacer sus necesidades, siendo sorprendido y asesinado por un grupo de indígenas que se habían escondido en los matorrales. Para escarmiento, Vadillo ordenó darle muerte a cincuenta capturados, “que estaban harto libres del delito”, por el drástico método de empalamiento, es decir, atravesando cada cuerpo con un palo que es introducido por el recto.

Y en esta parte, do se representa

Haber sido la muerte y el conflito,

Empalaron después más de cincuenta

Que estaban harto libres de delito;

Y ansí toda la tierra se amedrenta

De modo que no dan guerrero grito,

Antes de paz un cierto señor vino

Y trajo dos mil pesos de oro fino.

Viendo el desastre de sus tropas, el cacique de Birú, llamado Riterón, acompañado de otros 12 caciques[1], se presentó ante el jefe del ejército invasor llevándole dos mil pesos de oro fino, y se ofreció a conducirlo a un pueblo más rico a dos días de distancia, de nombre Guacuma (hoy Quinchía). Castellanos dice que todo fue un engaño:

Más nunca vieron tan felice año,

Aunque dieron en bien poblado seno,

Pues eran relaciones con engaño

A fin de los sacar de su terreno,

Adonde recibían mucho daño

Y estaba ya vacío de muy lleno;

Pero debajo de lo que decía

En su demanda fueron otro día.

Hallaron por los altos revetones

El camino bien hecho nuevamente

Por estos indios, con las intenciones

Ya dichas en el verso precedente:

Entraron en crecidas poblaciones,

Mas no hallaron ánima viviente;

No ven señal ni muestra de ganancia,

Pero de lo demás gran abundancia (…)

De este aparte llama poderosamente la atención que Castellanos narra que el ejército español salió de Birú (Supía) por un camino hecho “por los altos reventones”. Esto hace suponer que para dirigirse a Quinchía los españoles subieron por la actual carretera Central, lo que querría decir que Vadillo habría pasado por el pie del cerro Ingrumá, el sitio donde el 7 de agosto de 1819 se fundaría el poblado de Riosucio y por donde años después pasarían Boussingault, Jorge Isaacs, el cadáver de Carlos Gardel y la Vuelta a Colombia en Bicicleta. Y por esa ruta, 2 kms más adelante, donde hoy hay un puente, sería por donde Vadillo cruzó el río Imurrá.

La escritora Purificación Calvo de Vanegas, en su libro Riosucio, recoge una tradición oral por la cual en ese tiempo hubo una gran avalancha que duró dos años arrastrando lodo, por lo que Vadillo denominó ese río como RIOSUCIO, y a su vez supone que Vadillo cruzó el río Imurrá por su desembocadura en el río Supía:

Al llegar a los encuentros del río Supía con el Imurrá, Badillo y sus compañeros observaron que este último arrastraba en su corriente gran cantidad de lodo y por este motivo lo llamaron RIOSUCIO, nombre que más tarde se extendió a todos sus contornos, especialmente al sitio que queda al pie del “Engrumá” (…) Las aguas del Imurrá presentaban este aspecto debido al derrumbamiento de la cuchilla de Iva. Las colinas que se desprendieron del Engrumá, al ser arrastradas por las aguas, formaron la “playa de Imurrá” –conocida hasta hoy con ese nombre-. Se asegura que las aguas del Imurrá estuvieron arrastrando lodo por un espacio no menor de dos años[2].

Un aspecto que no resuelven las crónicas es si en el sitio del actual Riosucio había o no un pueblo indígena. Castellanos habla en plural cuando dice que al subir los “altos reventones” entraron en “bien poblado seno” y en “crecidas poblaciones”, solo que deshabitadas. Estas poblaciones no se limitarían a Guacuma (Quinchía), pues el sitio de Riosucio tiene todas las condiciones para haber albergado un pueblo indígena. Averígüelo Vargas.

Cuando los españoles llegaron a Guacuma encontraron el pueblo despoblado de gente y de oro. Yendo a buscar lo uno y lo otro, vieron a la entrada de los bohíos de los indios altas guaduas que tenían engarzadas en las puntas manos y pies de sus enemigos. La escena le pareció “odiosa, bestial y detestable” a quienes atrás dejaron 50 cadáveres en peores condiciones.

Vadillo pues, sintiéndose corrido

Porque pensó medrar con las migajas,

Al indio dijo: “Di, ¿por qué has mentido?

¿Adónde están las ollas y tinajas?”

Respondióle: “Los indios han huido,

Y llevaron consigo sus alhajas;

Buscad como debéis al enemigo,

Y hallaréis ser cierto lo que digo”.

Buscaron, mas no ven señal preciosa

A los humanos ojos agradable,

Escudriñando gente cudiciosa,

Que en esto suele ser infatigable;

Mas vieron a las puertas una cosa

Odiosa, bestial y detestable,

En guadubas hendidas que tenían

Manos y pies de hombres que comían.

De Quinchía la expedición se movió al valle del río Cauca y el 24 de diciembre arribó a Cali, sin fundaciones, sin tesoro y con 50 españoles menos, que murieron en la travesía; sólo con el mérito de haber abierto el camino terrestre del mar del Norte al Mar del Sur (Perú).

Cali había sido fundada en 1536 en el valle de Lili por Sebastián de Belalcázar, teniente de Francisco Pizarro, conquistador del Perú y regicida de Atahualpa. Pero Vadillo no encontró a Belalcázar, quien se había escapado para Bogotá en busca de “El Dorado”, sino a Lorenzo de Aldana, enviado por Pizarro a vigilar a aquel. En ese tiempo el capitán Jorge Robledo era alcalde de Cali y en abril de 1539 fue comisionado por Aldana para que fundara una ciudad que llevara el nombre de Santa Ana de los Caballeros en la provincia de Anserma, con la orden de dar mejor trato a los indios, ya que Vadillo había dejado en guerra la región[3].

En otro libro, Las Guerras civiles del Perú, Cieza relata que Vadillo se quiso devolver a poblar Buriticá, pero Aldana se lo impidió y prácticamente lo obligó a salir del país, por la ruta Popayán, Quito, Paita (puerto del norte del Perú) y Panamá. En esta ciudad fue encarcelado, llevado preso a Cartagena y de ahí enviado a España. Una vez en la península se le abrió juicio por haber usurpado la gobernación de Cartagena, pero Vadillo dilató por 20 años el proceso en la Corte, hasta que primero lo alcanzó la muerte.

Nadie lo juzgó por los actos de barbarie cometidos. Por su parte, los historiadores, centrados en la vida y obra de Jorge Robledo, han dejado de lado la malograda expedición de Joan de Vadillo, e incluso, aunque citan la crónica de Castellanos, no mencionan el pueblo de Birú ni la matanza allí ocurrida. Por ejemplo, el historiador Emilio Robledo narra el choque entre los ejércitos de Vadillo y de Riterón como un encuentro de paz y amor:

De Caramanta pasaron [las tropas de Vadillo] al Señorío del cacique Riterón que los recibió de paz, les ofreció valiosos obsequios y prometióles conducirlos a lo que él llamaba rica provincia de Guancumán[4].

Más o menos de esta manera surgió en 1538 el territorio del actual Municipio de Riosucio. Disculpen lo mal narrado.

Ver www.albicentenario.com


[1]La ubicación de Birú parece ser la Vega de Supía, pero otra opinión considera que sería el Valle de los Pirzas. Una comparación de los textos de Vadillo (1539), Cieza (1552) y Castellanos (1587) puede arrojar luces.

[2]Gregorio Saldarriaga Escobar.  “Transcripción de la relación del viaje del licenciado Joan de Vadillo entre San Sebastián de Urabá y Cali, 1539”, en: Boletín de Antropología, Universidad de Antioquia, Medellín, Vol. 26, Nº 43, 2012, págs. 42-65 (disponible en internet).

[3] Los señores principales de la provincia  de Anserma eran los caciques Ocuzca y Humbruza, amigos del cacique Cauromá de Caramanta y enemigos del cacique Cananao de Irra.

[4]Purificación Calvo de Vanegas. Riosucio, Manizales, Biblioteca de Autores Caldenses, 1963.

[5]El propio Robledo escribe: “Yo (…) me partí [de Cali] e dentro de veinte días llegué a las provincias de Anzerma donde las hallé de guerra, destruidas y quemadas por los malos tratamientos que por los capitanes e españoles que por ellas habían pasado habían hecho a los naturales como no llevaban intención de permanecer en la tierra” (Jorge Robledo. “Relación de los servicios del capitán Jorge Robledo”, publicada como “Robledo ante el emperador: Crónica de sus propias conquistas”, en: Academia Caldense de Historia. Caldas en las crónicas de Indias, Manizales, 2007, pág. 10).

[6]Emilio Robledo. Geografía médica de Caldas, Manizales, 1916, pág. 7.

Comentarios   

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