Son las diez de la mañana y el calor empieza a sentirse en Momil, una población situada a orillas de la Ciénaga Grande en el departamento de Córdoba (Colombia). Desde su casa de bareque y palma se observa a Adolfo Cuavas, un hombre de sesenta años de edad, con una mirada profunda e inocente, quien recuesta una silla en una de las vigas de madera de la casa, y empieza a hablar con cierta nostalgia acerca de su infancia en el cerro el Mohán y cómo recuerda la llegada de los primeros arqueólogos a su región: “Corría enero de 1955 cuando empezamos a asistir a las excavaciones de los esposos Gerardo y Alicia Reichel Dolmatoff (1). Al principio no entendíamos que era lo que ellos estaban buscando ahí, pero al cabo de unas semanas vimos que de un hueco empezaron a sacar lo que parecía eran figurillas humanas de barro, infinidad de objetos de piedra, hueso y grandes ollas de barro”.

 

“Gente del pueblo y de otras regiones llegaron con la convicción de encontrar oro y hacerse ricos. Era una fiebre por hacer huecos por todo el cerro, aunque yo también iba a extraer objetos y después los vendía. Después de algunos años me di cuenta que las piezas arqueológicas sacadas de ese sitio tenían mucho valor y que el guaquear era muy duro. Así, decidí reproducir las piezas que había visto sacar del cerro y las empecé a hacer igual a las originales”.

 

Ciudades enclavadas en lo alto de las montañas tales como Ciudad Perdida para el caso de los Tairona, las estatuas monumentales de San Agustín que acompañan el sueño de los muertos y las inmensas criptas o templos funerarios subterráneos de las lomas de Tierradentro, son algunos ejemplos de aquello que encontraron los europeos y que con los años, ha sido objeto de explotación por parte de personas llamadas “guaqueros”, las cuales han acabado con el patrimonio arqueológico del país y en la mayoría de los casos, con las investigaciones hechas por los arqueólogos.

 

La guaquería no es otra cosa que extraer tesoros ocultos en guacas y realizar una excavación consiguiente para extraerlos y el guaquero, es aquella persona que por lo general conoce una región determinada (donde comúnmente se encuentran estas guacas) y es el encargado de guaquear por lucro o afición, aunque generalmente su interés sea la recompensa económica. 

 

A finales del siglo XIX y principios del XX, la guaquería se concentró en la extracción de objetos precolombinos especialmente hechos en oro. Aretes, narigueras, figurinas antropomorfas y zoomorfas, fueron rápidamente llenando los espacios de la mayoría de los grandes museos del mundo, al igual que de las colecciones privadas (Arango, 1975).

 

La ambición de los llamados guaqueros era encontrar objetos de oro, pero con el paso del tiempo y gracias a las exigencias del mercado mundial, han centrado su atención en objetos cerámicos como ollas y figurinas o cualquier otro tipo asociado a éstas, como ánforas, copas, sellos, cuencos, múcuras, etc.

 

¿Pero porque el guaquero hace tanto daño en el momento de guaquear un sitio de interés arqueológico?

 

Hace mucho daño, ya que no solo extrae objetos valiosos de una cultura para después venderlos al mejor postor, sino que acaba con el contexto, es decir, con el espacio en el que se encuentran localizados los objetos arqueológicos. Para un arqueólogo, el contexto físico y el material arqueológico hallado dentro de éste, es información valiosa que posee para interpretar los datos dentro del marco de su investigación.

 

El contexto es un elemento casi siempre desconocido por parte de las poblaciones rurales que viven dentro reservas arqueológicas, quienes por casualidad encuentran los objetos mientras están trabajando la tierra y los destruyen al no conocer la importancia que tiene su interpretación para establecer la historia de las sociedades.

 

Hay que aceptar que la mayoría de las investigaciones arqueológicas hechas a principios y mediados del siglo XX, propiciaron de una manera indirecta la guaquería en zonas donde se empezaban a deslumbrar evidencias de antiguas civilizaciones que habitaron en algún momento una determinada región. El arqueólogo sin darse cuenta, contrataba mano de obra local para levantar una excavación y no se veía que esos mismo ayudantes, iban a ser en un futuro, los que atentarán contra el patrimonio cultural de una región y de un país.

 

Un ejemplo de esto es Momil, sitio excavado por Alicia y Gerardo Reichel Dolmatoff en 1955, localizado sobre las llanuras del bajo río Sinú. Después de las excavaciones arqueológicas en Momil, se inició una guaquería jamás vista en la región. Todo fue destruido y la información que contenía este lugar, fue acabada por completo para las generaciones venideras de arqueólogos que veían en Momil un sitio fascinante y que hoy no es más que un recuerdo.

 

Fueron más de cuatro décadas de continuas excavaciones desenfrenadas por culpa de la guaquería, las cuales no dejaron ni un solo centímetro sin ser guaqueado. Durante estos años se extrajeron miles de objetos de cerámica, hueso y piedra para ser comercializados en los mercados de Lorica, Coveñas y Montería.

 

Hay personas que dicen que durante el invierno y cuando las lluvias destapaban los terrenos, se extraían pepitas de oro que  brotaban de la tierra. Éstos pequeños gránulos de oro los ilusionaba con encontrar cada vez más.

 

Como dice Adolfo Cuavas, “después de las investigaciones hechas en el cerro El  Mohán, la población de Momil volteó sus ojos hacia aquel cerro mítico, antiguamente ignorado por sus habitantes y apropiado por ellos al punto de que jocosamente dicen que el lugar no pertenece a su propietario sino que pertenece a toda una población que basa su subsistencia en la pesca, la agricultura y el ganado”.

 

Con todo estos acontecimientos sucedidos en los últimos cincuenta años, se observa que las investigaciones hechas en Momil no solo han dejado un conocimiento muy extenso y aproximado acerca de las sociedades que habitaron esta región del bajo Sinú en épocas precolombinas, sino que también han traído consecuencias como el crecimiento de la guaquería en la región.

 

La guaquería es un mal que acaba con el patrimonio histórico de la nación, dejando de lado intereses culturales y sociales para encaminarse a intereses particulares y económicos en bienestar de unos pocos. Hoy en día, los objetos propios de las culturas Tairona, Muisca, Sinú, Tumaco y Quimbaya entre otras, son muy apreciados en los mercados nacionales e internacionales gracias a su elaboración artística y a la belleza de sus formas, las cuales son únicas en América y es muy triste que se extingan.

 

Instituciones estatales como el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH) se encargan de realizar investigaciones antropológicas, arqueológicas e históricas, que velan por la defensa, preservación y conservación del patrimonio cultural del país.

 

Con los mismos fines, la ley 397 de 1997 de la Constitución Nacional, en su articulo 15 del punto 4, habla acerca de las faltas contra el patrimonio cultural de la nación y las consecuencias que se otorgan en adelantar exploraciones o excavaciones no autorizadas sobre los bienes arqueológicos, imponiendo multas que van desde los doscientos salarios mínimos a los cuatrocientos salarios mínimos mensuales vigentes.

 

Aunque existan leyes que condenen la guaquería, es muy difícil controlar éste ilícito que está presente en todo el país debido a los costos económicos que esto acarrea, ya que no se encuentran suficientes arqueólogos disponibles para la labor de reconocimiento de la piezas.

 

Este crecimiento ilegal de piezas arqueológicas que invaden las casas de coleccionistas nacionales y extranjeros, no es otra cosa que la falta de apropiación de los colombianos hacia nuestro patrimonio cultural. La indiferencia por el tema en un ámbito nacional, promueve activamente la guaquería, en un país donde la identidad nacional se ve opacada por las influencias de consumo provenientes de otras culturas.

 

Las recientes medidas tomadas por el Ministerio de la Cultura y por el DAS (2) en la incautación de piezas arqueologías y en la repatriación al país de otras, han generado un boom en cuanto a la importancia de resguardar el patrimonio cultural presente en las piezas arqueológicas.

 

Recientemente los medios de comunicación presentaron a la ministra de la cultura María Consuelo Araújo y a la directora del ICANH, Maria Victoria Uribe, difundiendo la recuperación de más de 160 piezas arqueológicas propias de la cultura San Agustín (3), las cuales fueron decomisadas. En este hecho se resaltó la importancia de la protección del patrimonio cultural y de la toma de conciencia de este problema por parte de los colombianos como único camino para acabar con la guaquería.

 

Si bien la gran mayoría de las piezas precolombinas fueron recuperadas de las colecciones de algunos nacionales, o repatriadas de otros lugares fuera de nuestras fronteras, en la totalidad de los casos están descontextualizadas y carecen de información propicia para las investigaciones, lo cual hace que  terminen muchas veces en alguna de las bodegas o cuartos oscuros que puedan tener los museos o instituciones.

 

 La divulgación de estos hechos por parte de la prensa y la televisión, ha servido para concientizar a la población de los problemas que la guaquería produce en el patrimonio histórico no solo de Colombia sino de la humanidad.

 

Sitios como Tierradentro y San Agustín, los cuales son patrimonio histórico de la humanidad, han sido también presa fácil de la guaquería y si no se hace nada por acabar con éste flagelo, terminarán por extinguirse completamente.

 

Pero no sólo la guaquería puede acabar con un patrimonio cultural, también las guerras pueden hacerlo, como fue el caso de Irak, cuando las tropas norteamericanas entraron a Bagdad y sin hacer nada al respecto, vieron cómo los pobladores irrumpieron al Museo Arqueológico de Bagdad saqueándolo por completo y acabando con colecciones que guardaban miles de objetos de gran valor no solo para ese país sino para toda la humanidad.

 

Las leyes sobre el cuidado del patrimonio nacional, argumentan que el saqueo, la destrucción, la guaquería y todas aquellas acciones que afecten el patrimonio arqueológico, sólo pueden producir grandes vacíos en el conocimiento del pasado y nuestro devenir histórico.

 

El problema de la guaquería, que acaba con el patrimonio nacional es pues un problema que desarraiga nuestra identidad como colombianos y que no solo debe ser denunciado por el común de la gente, en los campos y ciudades sino que tiene que tener un control por parte del gobierno.

 

Es por eso que la divulgación y mantenimiento del patrimonio son deberes no solo de la nación sino que también deben ser protegidos por parte de la población civil. Como el caso recientemente de una denuncia hecha hacia a un actor francés que le hallaron una cantidad enorme de piezas arqueológicas que estaban en su poder y que no estaban legalizadas.

 

Las denuncias hechas por parte del estado acerca del trafico de piezas arqueológicas, que hacen parte del patrimonio histórico de la nación, y la recuperación de algunas piezas, son temas de total desconocimiento para la mayoría de la población colombiana. Pero para los colombianos ¿que es el patrimonio nacional?, ¿por que hay que cuidarlo?, y ¿que relación tiene el patrimonio nacional con nosotros?, son preguntas que nos debemos hacer todos los día, pero con un trasfondo pedagógico impartido a las escuelas y colegios del país, en la enseñanza del El Patrimonio Cultural de la Nación y la idea de protegerlo.

 

Para que en el futuro los jóvenes sean participes y fortalezcan la identidad cultural de su país y para que ayuden a remplazar la guaquería y trafico de piezas en sus regiones y tengan el ejemplo vivo de Momil que reemplazó la guaquería por las artesanías.

Los bienes culturales son un componente básico de la identidad de los pueblos y por tanto son nuestros. Ayudemos a que no los destruyan.

 

Agradecimientos:  Agradezco muy especialmente al Dr. Francisco Padilla, su esposa e hijas, por su apoyo logístico en la presente investigación. Igualmente, agradezco la colaboración  de el señor Adolfo Cuavas quien colaboro eficazmente en el trabajo de campo y entrevistas, a la par guardo inmensa gratitud con Andrea Lozada por la edición y comentarios hechos a este escrito. También agradezco a los pobladores de la población de Momil (Colombia) por su apoyo en los relatos y en la historia de la región. Y por ultimo agradezco al Instituto Colombiano de Antropología e Historia por facilitarme los decretos e información acerca del problema de la guaquería en Colombia.

 

Bibliografía

 

  • Arango, Luis (1975), Recuerdos de la Guaquería en el Quindío. Tomo I Quin Graficas Editores, Armenia Quindío Colombia.
  • Reichel-Dolmatoff, Gerardo (1957), Momil: A Formative secuence from the Sinu Valley,
  • Colombia. American Antiquity. XXII (3): 226-234.
  • (1986), Arqueología de Colombia: un texto introductorio. Fundación Segunda Expedición Botánica. Bogotá (1998), Colombia Indígena. Editorial Colina. Bogotá
  • Reichel-Dolmatoff, Gerardo y Alicia (1956), Momil, Excavaciones Arqueológicas en el Sinú. Revista Colombiana de  Antropología. V: 109-334. Bogotá. (1957) Reconocimiento arqueológico en la hoya del río Sinú. Revista Colombiana de Antropología. VI: 31-160. Bogotá. 

Citas

 

 

* Antropólogo de la Universidad de los Andes

1. Arqueólogos pioneros colombianos que a mediados de los cincuenta hicieron investigaciones arquológicas en gran parte del Caribe colombiano (ver bibliografía)

2. Departamento Administrativo de Seguridad (DAS). Encargado de controlar la salida de piezas arqueológicas ilegalmente fuera de Colombia. Este organismo de seguridad se ha encargado en los últimos meses de incautar  y retener en los aeropuertos piezas arqueológicas colombianas con destino a las colecciones privadas de Estados Unidos y Europa. 3. Unas de las principales culturas prehispánicas en el sur de Colombia en los primeros siglos de la era cristiana. Sus vestigios arquológicos más conocidos son las estatuas antropomorfas y zoomorfas de dioses hechas en piedra.

 

 

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