Petita fue una joven que perteneció a la raza indígena más pura de las que habitaron la selva amazónica en Colombia; esa raza era la de los indios yaguas, considerada como el pueblo eterno y por ende los inmortales.

 

Cuando estaba pequeña su madre le dijo que llegaría el momento en que dejaría de ser niña y se convertiría en mujer, y que como descendiente escogida de los yaguas que no mueren, ese día se haría en su honor un rito especial para purificarla; y como buena mamá empezó a instruirla sobre el particular con el fin de que estuviera lista y preparada para cuando esto sucediera.

 

Una mañana empezó a sentirse distinta y pudo observar que su cuerpo, a más de tomar nuevas formas, se iba fortaleciendo, y al recordar que su mamá así se lo había revelado, fue a buscarla para comunicárselo.

 

-Hija –le dijo al recibir la noticia- vas a tener tu primera menstruación que es el símbolo de la maternidad y por tal motivo el rito de tu purificación debe empezar; prepárate.

 

La noticia llegó pronto a los habitantes de la aldea; los hombres salieron presurosos para el río y, después de penetrar hasta que las aguas llegaron a sus cinturas, empezaron a arrojársela en el pecho y por detrás con la cuenca de las manos, en una forma muy ceremoniosa; mientras tanto permanecieron de espaldas al lugar de donde habían venido. Las mujeres, también dando la espalda a los hombres que se bañaban, estuvieron de pie y dirigiendo sus miradas al lugar de la selva donde sabían que ocurriría lago muy importante para todos.

 

Mientras tanto Petita estaba sola, casi arrodillada sobre un montón de hojas que le servían de lecho, en las cercanías de un arroyo y en medio de la espesura del monte; hacia ese lugar convergían las miradas de todas las mujeres y ella permanecía también quieta y atenta porque sabía que era la causa de lo que pasaba.    

 

Su madre y su abuela la llevaron a una pequeña choza que construyeron en su cercanía y cuyo piso, cubierto con hojas, debía servirle como lecho.

 

-Aquí estarás escondida –dijo la madre-; este lugar te protegerá del mal, de los malos espíritus y de la mirada de los hombres; esto es lo dispuesto para proteger a los últimos y amparar tu fertilidad y la de la tierra que cultivamos, para que los peces no cambien de rumbo en las aguas donde pescamos, para que nuestros cazadores no se pierdan en la selva y para que no fallen con sus lanzas y con sus cerbatanas y tengamos siempre carne; cumple el rito y evita así males a tu pueblo.

 

-Está bien madre; lo cumpliré.

 

-Sólo tu abuela y yo te veremos y te traeremos alimentos.

 

-Sólo tu madre y yo –repitió la abuela.

 

Sonrieron cariñosamente y salieron; cerraron la habitación y se marcharon en forma lente.

 

Mientras estuvo encerrada comió plátano y carne de perdiz; eran los únicos alimentos que no provocaban los males que se querían evitar.

 

Una tarde oyó bullicio en la aldea y esto le indicaba que habría fiestas, señal inequívoca de que su aislamiento iba a terminar; en efecto, escuchó cerca voces de mujeres y hasta su celda llegaron su madre y su abuela, la cual entró con una totuma que contenía unos líquidos resinosos muy calientes y que pese al calor no mortificaban sus manos; la madre tampoco pareció sentir nada cuando allí introdujo el dedo índice.

 

-Ya van a terminar el rito –dijo la madre dirigiéndose a Pepita-; ahora debes tener valor; sólo así protegerás nuestra tribu, podrás contraer matrimonio y no concebirás monstruos. ¡Cierra los ojos!

 

La madre se acercó y colocó sobre ellos el dedo índice humedecido con el líquido caliente.

 

Un calor fuerte recorrió sus cejas: el líquido las quema; el dolor la dominó por completo y sin lanzar un quejido se desvaneció; la madre empezó a arrancarle las cejas y cuando comenzó a hacer lo mismo con las pestañas una por una, el dolor volvió a invadir su cuerpo; sin embargo no se lamentó.

 

¡Y pasó la prueba!

 

Las mujeres de la tribu corrieron, la rodearon, la engalanaron; de la cintura para arriba tiñeron su cuerpo de rojo con tintura de achiote; de la cintura para abajo le colocaron una falda roja hecha con fibras sueltas de palma de chambira y le pusieron gargantillas, brazaletes y rodilleras, todas hechas con la fibra de la misma palma y pintadas de rono; con una hermosa corona de flores adornaron su cabeza y Pepita, ya convertida en mujer y capacitada para ser esposa, fue llevada a su aldea.

 

Había allí una gran cantidad de individuos; era la ceremonia de Ya-tuján, la ceremonia de la fertilidad, el rito de la abundancia, y por eso la presencia de jefes yaguas era notoria.

 

Todos estaban pintados de rojo; las mujeres tenían su pecho descubierto y sobre él lucían las más bella y valiosa de sus gargantillas; los hombres lo tenían cubierto con una pechera y mostraban orgullosos sus tatuajes del sol, de la luna y de las estrellas. Sarco, el gran jefe de la tribu, le hacía compañía. Todo era felicidad y regocijo; empezaba el gran rito de los yaguas: el rito de la abundancia, y ocho días duraban los festejos.

 

En el dormitorio de la comunidad, llamado cocamero que era la más grande de las chozas, se juntaron todos. Dos mujeres le repartieron muja –licor de yuca- y en el momento de brindarlo cantaron versos a cada uno; mientras tanto, en medio de coros, unos de hombres y otros de mujeres, se rindió homenaje a Petita, la doncella purificada, la yagua iniciada en el rito de la pubertad, la escogida para la feliz continuación de los suyos.

 

Escribir un comentario

Código de seguridad
Refescar