Hablar de lo que estos tiempos significaron para quienes hicimos parte de la historia del proyecto, de sus sueños, alegrías, tristezas y dificultades, resulta más que difícil. Y lo es porque la mente se llena de imágenes que traen consigo caras, lágrimas y risas. Viene también la necesidad de nombrar a tantas personas, de reconocer a tanta gente, de recordar tantas presencias… que resulta imposible recoger todos los nombres, lugares y momentos.

 

 

También se piensa en la necesidad de mencionar los procesos, las metas y los resultados –que en estrictos términos técnicos- desarrollamos durante los más de dos años de este camino.

 

Pero hoy voy a abstenerme de hablar de las cifras, los resultados y, en suma, de los indicadores que intentan reflejar los horrores de esta guerra que nos pisa los talones día a día. Hoy no vamos a convocar a la Agonía del Jaguar, sino a la esperanza, a la certeza de que este ser mítico resistirá a la muerte y vivirá más allá de los mitos. El jaguar deambulará por la selva, vital y seguro, como deberían estar las mujeres y los hombres, niños y ancianos indígenas que ahora habitan las malokas, las comunidades y que recorren los caminos de la selva.

 

Este proyecto nació como parte de nuestra historia de vida, en una reunión en Quito en la que funcionarios de la Unión Europea se preguntaban, ¿qué hacer para defender la vida de las comunidades del Putumayo?. Entonces, como hoy, la situación de este departamento y de toda la Amazonia estaba amenazada.

 

Entonces como ahora, apostamos a la vida y a la urgente necesidad de acallar el silencio con la fuerza de la verdad. En esa apuesta nos acompañó la Unión Europea: con la delegación en Bogotá, con el Programa Andino de Derechos Humanos y con su gente en Bruselas, pudimos concretar este trabajo. Y sabemos también, que seguimos contando con ellos. La Unión, no sólo nos acompañó financieramente y eso hay que decirlo, pues siempre creyeron en nuestra capacidad y le apuestan a la protección de la vida y la promoción de los derechos humanos.

 

Así nació este proyecto, como una apuesta por la vida,  concretada de la mano de entrañables amigos: Emperatriz y Sebastián y de los taitas, que guiaron nuestros corazones y mentes para pensarlo y ejecutarlo.

 

Luego llegarían Luis Alberto, Luis Ernesto, Henry, Tulio, Javier, Diego, Hernán, Evaristo, Pedro y Mateo, los promotores. Todos ellos líderes que, desde antes de nuestra presencia y más allá de ella, defienden los derechos de sus pueblos. Por encima de sus diferencias políticas y organizativas, conformaron la red de promotores indígenas que nutrieron los documentos, realizaron talleres, divulgaron los derechos y en suma, hicieron posible nuestro trabajo y nos transmitieron su amplia noción sobre los derechos.

 

Y acá, es necesaria una pausa para decir que hoy no estamos todos: nos faltan Mateo y Pedro, que no están acá por el absurdo de la fuerza: fueron detenidos por las FARC el viernes pasado. No estamos todos, nos faltan ellos. Así como nos faltan Pablo Emilio, asesinado; el Taita Obencio, desaparecido. Faltan muchos. No estamos completos, pero tampoco estamos en silencio.

 

Cómo estarlo, cuando aprendimos de ellos la fortaleza y el valor para hablar, gritar y reír, incluso ante los más sordos y violentos? En este momento no podemos convocar a la tristeza,  sino al coraje para decirles que no están solos.

 

Pero así como nos detenemos para nombrar a los ausentes, también esbozamos nuestra sonrisa para saludar a Javier, que luego de haber estado en manos de los paramilitares en Putumayo, puede decir que volvió a la vida. Regreso a su casa, a su territorio, a nuestro equipo, hoy está aquí!.

 

Quiero compartir con ustedes algo de las historias que el Jaguar, la anaconda, las guacamayas y, en suma, los pueblos que habitan la región, nos han brindado en este camino.

 

Hoy miramos atrás y nuevamente una sonrisa surge, pues este proceso nos deja los Ka’doaros. Nuestro boletín colorido, para el que buscamos un nombre que expresara su esencia: Ka’doaro, nombre desano que significa “espacio de resonancia”, según documentos consultados. Pues bien, con el primer número, Mateo y algunos desanos, nos dijeron: “bueno les quedó el nombre: ka’doaro es caldo de mico!”.

 

Luego vino la cartilla de derechos humanos para los pueblos indígenas. Menos mal tuvimos el acierto de contar con Diana, la mujer que convirtió la letra densa y los conceptos rígidos en el Mundo de Derechos para el Pueblo Yaraoni, la gente ala de mariposa. Ella dio origen al pueblo imaginado: Los Yaraonis. Los promotores se sumarian al pueblo yaraoni, un pueblo que existe en nuestros corazones y se alimenta de la esperanza de que algún día nuestros hijos, los de todos nosotros, indígenas y no indígenas, puedan vivir como tales: libres de dolor e injusticia.

 

Hoy tenemos la Agonía del Jaguar y debo confesarles que este informe, ahora convertido en libro, superó nuestras propias expectativas. Indicadores, mapas, ilustraciones, color y vida nacieron con los susurros transmitidos por los promotores, con los hechos contados y valorados y con los riesgos ponderados. La prensa, en noviembre cuando hicimos el foro, recogió el debate sobre la agonía del jaguar, la vida de los pueblos y nuestra propia vida como nación posible y diversa.

 

Nos queda, en Ecuador, el Cerco a la Anaconda. La femenina que recogerá los riesgos que se ciernen sobre los pueblos de la frontera con Putumayo, los del otro lado de esa línea imaginaria que no divide a los armados, ni a las fumigaciones. También apostamos para que ella, la Anaconda, no sea cercada.

 

También tuvimos encuentros de autoridades tradicionales, de los cuales no es posible decir nada que los abarque ni describa. En ellos escuchamos los espíritus de la selva y de la madre naturaleza. Oimos silenciosos los relatos sobre la guerra, sobre lo que es dormir en las malokas y sentir botas que las rodean, sin saber siquiera a quienes pertenecen, ni cuales son las intenciones de esos pasos militares. Pero también en ellos, limpiamos nuestro cuerpo y espíritu y, nuevamente, el Jaguar nos enseñó que no hay nada más fuerte que el amor y la alegría. Siempre al amanecer, aún borrachos, hambrientos y talvez mareados, nos saludo la luz del día y la sonrisa de quienes nos preguntaron: ¿y cómo estuvieron los amigos? 

 

Podríamos amanecer recordando las historias. Pero como la intención es compartir una copa de vino para celebrar este momento, me queda agradecer a quienes hicieron parte fundamental de este proceso.

 

A Héctor que se perdió durante meses entre los datos fríos del recuento de casos, pero tuvo el corazón y la fuerza para escuchar las palabras de quienes le contaron su dolor. Más aún, fue su amigo y, eso, fue lo más importante: escuchar, acompañar silenciosamente… haciéndole saber a quienes llamamos víctimas, que no están solos.

 

A Roberto por la creatividad y eficiencia, pero sobretodo, por la paciencia que puso a cada cambio de última hora, a nuestras propias contradicciones y pulsaciones, a las dudas que tuvimos sobre el qué decir y como concretarlo. Porque nos trajo música y fue el hombre de la sonrisa cálida, aún en los momentos más confusos y dolorosos.

 

A Gloria, que luchó incluso contra ella misma para no derrumbarse ante las lágrimas de quienes no son, para nosotros una población objetivo, sino nuestros compañeros y amigos. Una vez, en Mocoa, ella visitó las casas de los desplazados indígenas, con el “objetivo” de tomar imágenes y hacer entrevistas. Allí, sentada junto a una mujer que había perdido a cuatro de sus hijos, a más de su vivienda y territorio, terminó Gloria abrazada a su dolor, buscando gas, carne y arroz para hacer empanadas. Nunca aprendió a hacer empanadas, pero sí nos enseñó que sin recetas ni planes operativos, podemos y debemos encontrar el camino de la vida.

 

Nuevamente a Diana por su luz creadora y fuerza soñadora. Y junto a ella, a Talía -amiga y hermana-, nuestra coordinadora en Ecuador que hizo posible el proyecto en ese, ahora también mi país, llevándonos de la mano por esas tierras. Pero más que eso, nos abrió la puerta del corazón, el suyo y el nuestro.

 

A Benjamín, el hombre del alma libre y tierna que tomó el pincel para lograr las imágenes de la diversidad de la selva. El que concretó, con colores, lo que llamamos interculturalidad. No puedo evitar contarles que algún día le pedimos que ilustrara a los armados, las armas y sus campamentos; pues era necesario –para nosotros- tenerlos como parte de las ilustraciones de las violaciones a los derechos humanos. Como resultado, y luego de muchos intentos, Benja nos entregó dibujos de hombres armados, con uniformes de colores sutiles y rostros casi sonrientes. Ojalá así fueran! También, vimos unos dibujos de fusiles en los que era imposible diferenciar entre un juguete y un arma de verdad, peor aún imaginar su calibre o marca. Fueron tus peores ilustraciones, y por ello te agradecemos.

 

A Dario, por su apoyo incondicional, por la fuerza y ánimo. Por su corazón abierto al mundo indígena y a los sueños posibles. Por ser, no sólo el director de ALDHU, sino por su capacidad para acompañarnos en las locuras y convertirse en el cómplice y amigo.

 

A nuestra querida amiga, editora y cómplice Marcela; que nos enseñó que también los sueños pueden editarse, que se enamoró de las imágenes y las historias contadas; ella, la Marce, no enseñó que podemos tejer nuestros propios canastos, con palabras entrelazadas.

 

A Mauricio, Layla y Patricia, nuestros diseñadores pacientes y resistentes, porque sumron color y palabras para embellecer las publicaciones, aunque ellas hablaran de dolor. Al equipo de Colombia Multicolor, nuestros jóvenes hacedores de videos, porque capturaron las mejores imágenes y también nuestros corazones.

 

A Luis Alfonso, al apasionado que cree en la vida y la palabra; a Esther, por su sabiduría, alegría y paciencia. A los amigos que nos acompañaron sin dudas y en todo momento: Jorge, Claudia, Yamile, Darío González, Luis Carlos, Maria Teresa. A los amigos ganados en este camino: Valerie, José Luis, Ximena, Bertha.

 

A Fabio, Carmen Aurora, Doris y Elsa que, sin los debidos créditos, superaron sus responsabilidades meramente contractuales para acolitarnos todo el tiempo. De nuevo a Darío, nuestra gratitud por todo su apoyo.

 

En particular, quiero agradecer a la vida el regalo de haber sido parte de este proceso. Hoy, en el momento de cierres,  en que dejamos las últimas huellas de este tramo del camino, es inevitable agradecer el regreso de la sonrisa y vuelta a los sueños. Y aunque por los duros momentos que atraviesa nuestro Secretario General, Juan de Dios Parra, no nos pudo acompañar físicamente, agradecemos su espíritu y sabiduría, y en particular, la confianza no sólo en el equipo de trabajo, sino en nuestro país.

 

Nos quedan muchos aprendizajes que recogemos para avanzar, más fuertes y humanos, en nuestro camino. Agradecemos y valoramos profundamente el coraje y la esperanza de los pueblos indígenas, sus organizaciones y, en especial, a las comunidades que viven y perviven, aún en medio de la guerra. 

 

Ellos nos enseñaron que el dolor no debe heredar resentimientos, sino al contrario, agrandar el corazón. Ahora podemos compartir las risas y construir caminos de esperanza.

 

La Agonía del Jaguar y esta noche, está dedicada al taita Diomedes, porque su familia en particular ha sido reducida por la violencia, pero aún mantiene la sonrisa y la generosidad para compartir sus abrazos y su fortaleza. A través de él, reconocemos a los abuelos, taitas, jaibanas, shamanes, payes, curaras, que mantienen el espíritu de la vida, el espíritu del jaguar.

 

Nuestro brindis, y con él nuestro corazón, van por Mateo y Pedro.



* Investigadora Social. Directora Proyecto Promoción y Protección de los Derechos Humanos para los Pueblos Indígenas de la Amazonia Colombo Ecuatoriana. ALDHU. Intervención acto de lanzamiento de la publicación Agonía del Jaguar y cierre del proyecto en Colombia.

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