Una síntesis del libro “Caribeñidad: Afroespiritualidad y afroepistemología”, editado por la editorial El Perro y la Rana (Ministerio de la Cultura) lanzando en un tiraje de 50 mil ejemplares.

El Caribe no es un todo homogéneo, pero tiene elementos unitarios, a pesar de su diversidad idiomática, se entreteje, se comunica, rompe limitaciones... desde la época preeuropea ha sido así. La arqueología se ha encargado de demostrar las conexiones existentes, antes de la llegada de los colonialistas, entre los territorios de lo que hoy son Venezuela y Puerto Rico, a través, conchas y otras huellas de utensilios.

Desde aquel 12 de octubre de 1492, cuando llegó Cristóbal Colón, el espacio Caribe fue escenario de grandes rebeliones de esclavizados, comenzando en Puerto Rico en 1514, luego en Santo Domingo en 1522, de africanos e indígenas contra los invasores, y en Venezuela en 1552 con el africano Miguel y los aborígenes Jiraharas, en las montañas de Buría. Pero una de las rebeliones de esclavizados y esclavizadas afrosubsaharianos más significativas en el espacio Caribe, fue la que se produjo el 14 de agosto de 1791 en Bois Caiman, Haití, encabezada por el cimarrón Boukman, quien logró reunir doscientos cimarrones del mismo número de plantaciones en un claro de luna. Una vieja sacerdotisa africana lanzó sus rogaciones en lengua africana, invocando a los y orishas ancestrales para una lucha a muerte contra sus explotadores.

La utopía libertaria nació en el Caribe

La importancia de esta rebelión, completada por Toussaint–Louverture (un hombre descendiente de la etnia Fon, supuestamente nativo de un pueblo del antiguo Dahomey llamado Allada), era que estaba naciendo un nuevo concepto de independencia en tierras americanas, diferente al que después adoptarían nuestros precursores y héroes de la guerra de independencia, quienes sustentaron sus postulados independentistas en los enciclopedistas franceses como Diderot, d’ Alembert o Voltaire. Y como dijera Alejo Carpentier, “que lo que reclamaban los negros haitianos –precursores de todas las guerras de independencia-, era la independencia política, la emancipación total”. En el siglo XIX hay un interesante cruce de ideas y utopías que van a entretejer las independencias de tierra firme. Las luchas por la independencia de Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia, prácticamente van a tener una relación directa con el espacio Caribe, desde donde Bolívar visualizara, planificara invasiones y recibiera apoyo para la gesta independentista.

En 1815, desde Kingston, Bolívar elabora sus reflexiones políticas trascendentales plasmadas en la Carta de Jamaica. Luego pasa a Haití, donde organiza la expedición de los Callos. Pero así como vemos a Bolívar apoyado por haitianos, jamaicanos y curazoleños, también podemos observar otros hechos: el dominicano Máximo Gómez lucha abiertamente por la independencia de Cuba; el lugarteniente del héroe cubano Antonio Maceo era un tal Arrecoechea, conocido como el “mambo venezolano”; Francisco Javier Yánez, cubano, firma el acta de independencia de Venezuela. El espacio Caribe era un hervidero de ideas y utopías durante el siglo XIX, era la búsqueda de espacios libertarios, más allá de la visión eurocéntrica.

Ya en el siglo XX, los inmigrantes hindúes toman el poder en Guayana y en Trinidad. En ésta última, los fundamentalistas musulmanes intentarían gobernar por la vía de un golpe de Estado en la década de los ochenta.

Caribeñidad y musicalidad

Los espacios festivos religiosos y callejeros fueron los laboratorios naturales para la recreación de los patrones musicales que constituyen el macrocosmo caribeño. Es evidente que la células rítmicas, tonales y percutivas afrosubsaharianas fueron las encargadas de estructurar el pentagrama de los distintos géneros musicales que hoy baila todo el Caribe. Las células rítmicas de los espacios religiosos de los Ilé Ocha de los Yoruba, los Famba de los Abakuá, Homfourt de los Fon o los Munanso Bela de los Kongo, abarcarían los solares, las esquinas, las calles, las plazas y luego los salones destinados única y exclusivamente a las clases dominantes.

A pesar de las prohibiciones de las autoridades coloniales y neocoloniales, se reinventan el Carnaval, las comparsas callejeras, las fiestas de Diablos Danzantes, de San Benito o San Juan Bautista. Pero estas fiestas callejeras no existirían sin ritmos como el calipso, originario de Trinidad, con una de las creaciones más extraordinarias del mundo de la música, la Steel Band, que emergió de los golpes de los barriles que se desechaban en los campos petroleros trinitarios. No hay comparsa sin acompañamiento de la conga. Una vez culminada la comparsa en un solar, con tres tumbadoras se forma la rumba, en sus tres variantes: yambú, columbia y guaguancó. No hay fiestas de San Juan sin tambores culo ´e puya y cumacos, al igual que San Benito pasaría inadvertido sin los truenos polirrítmicos de los tambores chimbangueles.

En el Caribe franco–parlante la fiesta callejera tiene su epicentro en el tambor bele con que se baila la danza cimarrona llamada laghia. Los tambores ngayabimbi y burru, en Jamaica, marcarían una pauta para el ritmo del reggae. De los tambores rada del Vudú haitiano se escogerían las células rítmicas originarias de la meringue. Puerto Rico emerge con sus tambores de bomba y plena cantando las picardías de la cotidianidad borinqueña.

Pero de tomar los salones exclusivistas de los sectores dominantes se encargaron los descendientes de africanos que comenzaron a crear géneros de salón como el danzón, el son, el reggae, el mento, beguine y mazurca. Lejos de permanecer estáticos, estos géneros comenzaron a hermanarse entre sí. Surge un integracionismo musical interesante, como puede ser la mezcla del calypso con el reggae, llamada reagueliso; también el beca, que es el resultado de la combinación de la estructura rítmica y armónica de la beguine con el calypso. El Zouk es otro de los géneros que nació en el Caribe francoparlante en el que se sintetizan casi osos los géneros de las distintas corrientes musicales del área.

Las corrientes musicales del espacio Caribe también atrajeron al jazz y a algunas de sus principales figuras, como Miles Davies, Charlie Parker, Dixie Gillespie, Chick Corea, Grover Washington Junior y Andy Narrel, entre otros, quienes enriquecieron sus composiciones con los géneros de este centro vital de energía llamado Caribe.

*Jesús “Chucho” García / Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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