Por Marco Mejía
Diversas razones me unen a la fecha del 2 de octubre. Mi padre, obrero de carreteras, manipulaba una carga de dinamita el 2 de octubre de 1943, abrían la vía de Damasco, un acogedor corregimiento entre las montañas antioqueñas. La explosión lo cegó para siempre. Seis meses estuvo en un hospital y fue en vano todo esfuerzo para salvar su visión. Nunca fue indemnizado y sólo se enfrentó al mundo.

 

Un dos de octubre, en el alto de Combia, cubierto por una densa niebla y alertado por una bandada de negros pájaros, recordé el suceso del incidente a dos amigos que me acompañaron a contemplar un atardecer que no dejó ver nada en el horizonte montañoso. Eso nos obligó a partir desolados por aquella oscuridad anticipada. Ese no quedarnos, nos salvó de la avalancha que minutos después arrasó la vereda de la Pianola del municipio de Fredonia. La cifra de muertos nunca se supo y allí se levantó un camposanto por aquellos que nunca pudieron encontrar. Y ahora el 2 de octubre de 2016, nuestro país, decidirá si da luz a la construcción de un camino de reconciliación o retrocede a la oscuridad que durante años ha sacrificado inútilmente numerosas personas, tantas que no vieron las mañanas que si vieron aquellos que cegaron sus vidas.

En su condición de invidente mi padre no vio las atrocidades que se cometieron en los años de la violencia partidista, pero las vivió con esa impotencia de quien no sabe hacia dónde correr para salvar su vida. Se casó con una mujer liberal gaitanista, perteneciente a una familia de prósperos comerciantes que surtían de abarrotes los pueblos encaramados en las cimas de la cordillera. Al terminar la violencia -que según cifras oficiales sumó 300.000 muertos la mayoría de ellos a balazos y a machete con el cual se practicaba el escabroso descabezamiento o corte de franela-, mi abuelo materno se resignó a la pérdida de sus tierras despojadas tras el abandono que llevó a muchos a refugiarse en las ciudades. La violencia se desató tras el asesinato de Jorge Eliecer Gaitán, un carismático líder que motivó a las masas con una esperanza nunca antes vista; durante esos más de diez años que desangraron el país, mi padre agregó la mudez a su incapacidad visual, no podía hablar porque no sabía quien había a su lado y eso era sumamente peligroso. Tuvo un dudoso privilegio, el de ser ciego y eso lo libraba de que lo tacharan de conservador o de liberal, simplemente era el ciego y eso lo dejaba sin el color azul o el color rojo que distinguía a los partidos, bajo cuyo nombre se mataron incluso hermanos de sangre por esa diferencia política que muy pocos entendían.

Crecí escuchando las historias oprobiosas de esa época absurda: los festines de sangre pueden resumirse en una imagen que se repetía aquí y allí en los campos colombianos: la escena es escabrosa pero quiero trascribirla: hay un hombre atado, reducido en su agonía contempla a su mujer a quienes los bandoleros – liberales o conservadores, todos lo hacían- le han abierto el vientre y arrancan el feto. Es la última visión que el hombre se lleva a ese infierno al que ha entrado, antes de morir. No es una exageración y peores cosas nos contaban. Junto a nosotros se anidó el miedo y el fantasma de esa guerra. Escuchamos nombres que al pronunciarlos aterrorizaron nuestra infancia, Sangrenegra, era el mito que infundía más temor. Los domingos pasaba un pregonero que narraba en verso las crónicas rojas de los grandes sanguinarios. Sus sombras entraron con el mismo miedo que venía con la oscuridad de los cuartos. Al frente la noche aumentaba nuestras inseguridades.

La tensa paz que vino, con una amnistía que fue a su vez una trampa para liquidar a sus más aguerridos líderes, fue impuesta inicialmente por el gobierno militar de Rojas Pinilla y luego por el Frente Nacional, un pacto de libación del poder entre los jefes de los dos partidos para repartirse el botín burocrático por turnos de 4 años. Esta forma de gobernar creó un remedo de democracia que ahondó la marginación social, agravó los problemas de las mayorías y despertó una indignación que llevó a campesinos a buscar en las marañas selváticas unas formas de subsistencia independientes de toda influencia del estado; las señalaron y las acusaron de ser repúblicas independientes y ordenaron bombardearlas. Cuando se menciona que esos campesinos solamente tenían unas cuantas gallinas y unos sembrados para el autoabastecimiento, denuncian que es una idealización de la subversión, pero las versiones coinciden en que los allí congregados se estaban escondiendo del extermino selectivo. Se equivocaron. En vez de escuchar el clamor de quienes reclamaban el respeto por sus vidas y la oportunidad de unas condiciones dignas y equitativas, prefirieron eliminarlos. Quienes sobrevivieron -un grupo menor entre quienes se encontraba un joven de militancia comunista que vio asesinar a todos sus compañeros, Manuel Marulanda- formaron una guerrilla que se enfrentó violentamente a la represión de los gobiernos. Durante más de 50 años, desde la clandestinidad, desafiaron las instituciones y con el uso de la lucha armada se empecinaron en una guerra con las consecuencias, que una guerra de tantos años, trajo para el país.

Mi padre se alió con la radio, en sus ondas viajaba por ese mundo que no podía ver y pasaba horas sintonizando emisoras internacionales. A su lado me enteré del mundo y oí voces de personajes que él seguía con intriga; en la voz del Vaticano al Papa, en la voz de la Américas a Kennedy, en radio Habana a Fidel Castro. El Papa satanizaba a Castro y uno creía que esa voz desafiante que amenazaba al presidente norteamericano, podía salirse y devorarme, al menos eso nos decía la maestra Carmen Luisa, que él era un ogro que tragaba niños. Tratando de comprender las contradicciones de estos protagonistas me formé una cierta idea del mundo y entré a los recovecos de la información. Así crecí y así creció a mi lado la violencia. Los sesenta desembocaron en la agitación social de los setenta que vio el despliegue de la guerrilla, los paros nacionales, el movimiento estudiantil, la unión sindical; en los ochenta el destape de los carteles de la droga; en los noventa la expansión del paramilitarismo y en el dos mil el recrudecimiento de todas las formas de violencia. 

Al llegar a casa mi padre me anunciaba cada noticia que sacudía el país: mataron a Jaime Pardo leal, mataron a Luis Carlos Galán, mataron a Pizarro León Gómez, mataron a Bernardo Jaramillo Ossa, mataron a Alvaro Gómez. Todos ellos podían haber sido presidentes del país. En el telón de fondo las tomas guerrilleras, los asaltos a las embajadas, el secuestro de aviones, la inconcebible destrucción del Palacio de Justicia, las retenciones masivas, las masacres en las poblaciones del país, la larga lista de desaparecidos, el despojo violento de las tierras, los millones de desplazados. En mi caso particular recuerdo con escozor los años noventa, las bombas con las cuales nos tocó convivir cada día en Medellín, el asesinato de los defensores de derechos humanos, los amigos que en las redadas de la muerte cayeron, la connivencia con la corrupción, la aceptación de los crímenes que se volvieron cotidianidad en los barrios marginales. La indiferencia a esa otra Colombia que día a día lidiaba con la barbarie del conflicto.

Dos días antes del dos de octubre, termino de escribir estas líneas. Vengo de presenciar en Cartagena la firma del acuerdo de paz. Un sentimiento inédito me generó una alegría por compartir en aquel espacio de resistencia histórica, lo que parecía imposible. Demasiadas guerras entraron y salieron por aquellas murallas y el lunes se calló una guerra más. Entre las calles murallas presencié ecos de las voces del SI, del NO. Me asombran los asomos de rencor que me recuerdan los inicios de la violencia partidista. Trato de no dejarme llevar por las emociones y no entrar en la discusión con alta voz. Pero muchas reflexiones me incitan a decir al menos lo que ya he dicho. Pero tampoco puedo callar cuando veo la distorsión, los miedos que infunden, la mentira que sacrifica la verdad.

No voy a repasar lo que rueda de lado y lado para apropiarse de la posible verdad, a mi me basta mirar esos perfiles de aquellas personas que desde la ciencia, el arte, la escritura, la poesía, los miles que desde la sensibilidad, la inteligencia creativa y el amor por la vida, confirman el anhelo de dejar atrás la cruel tradición de la guerra. Y ese perfil es demasiado escaso, casi nulo entre quienes pregonan NO. A mi me convence, para poner un solo ejemplo, ver la potencia del perdón en esa foto en la que los hijos de los diputados del Valle y los guerrilleros se entrelazan dando ejemplo de la convivencia que nos ha de tocar construir. A mi me conmueve que los niños de las escuelas rurales con caminos minados puedan correr sin el temor de ser mutilados.

Entonces clamo a mis amigos, a quienes han sido mis alumnos, y a los indecisos, y a quienes están confundidos y a quienes están ahí en la red buscando una respuesta y en especial a los jóvenes que heredan esta posibilidad para que no pierdan esta oportunidad de darle al país el paso hacia una modernidad que aquí no se ha dado por atender las heridas de la guerra. Y a decir verdad no tengo sino un argumento: habló de validar la vida como el gran derecho que debe tener cada habitante de este país que se oscureció en los ojos de mi padre. 

 

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