Un grupo de valientes mujeres afros del Cauca, después de hacer presencia en Suárez, decidieron venirse a pie hasta Bogotá. Más de 600 kilómetros de olvido e irrespeto las separan del poder central. Ese trecho histórico piensan reducirlo hasta su mínima expresión. La minería, el pedazo de tierra en que cultivar alimentos de pan coger y lo poco que se hace el marido y los hijos mayores en el rebusque conforman el universo de sus vidas. La educación no fue nunca un derecho para ellas. El trabajo digno jamás lo conocieron. El trato respetuoso de sus esposos nunca fue constante.


El tamaño de su esperanza siempre estuvo reducida al espacio de la cocina, la habitación hacinada, el socavón miserable. Las veces que conocieron la presencia institucional del gobierno, también conocieron el incumplimiento y la mentira.

Todo indica que se cansaron. Algunas de ellas tomaron a sus hijos pequeños y emprendieron el duro camino de achicar la desigualdad y extinguir el irrespeto. Otras, dejaron las responsabilidades del hogar en cabeza de sus maridos y arrancaron hasta Bogotá para demostrarle al país que existen, que trabajan, tienen hijos, que son personas y que no soportan una mentira más, una injusticia más.

Seguramente si hubieran venido hace unos diez años atrás, el gobierno de aquel entonces las habría considerado peligrosas terroristas. Hoy pueden ser víctimas del manoseo habitual del funcionario indolente, del burócrata mentiroso, de la estrategia estatal concebida para negar y negar derechos.

En esa marcha viene la dignidad de Colombia representada en mujeres genuinas, mujeres de verdad. Mujeres a las que todos debemos respeto.

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